Cultura

daniel-maría Por Daniel María

16 de enero de 2013

John Wayne: todos los héroes, el héroe

John Wayne: todos los héroes, el héroe

Daniel María, revisa la trayectoria de un actor que ya es un icono de la historia del cine

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La joven nación llamada los Estados Unidos de América suplió la ausencia de tradición artística, al nivel de los vetustos países de Europa, apoderándose del cine. Creó la que hoy conocemos como la Meca del Cine y constituyó los galardones más importantes del séptimo arte, hasta tal punto que el resto de naciones sueñan con la categoría de mejor película extranjera, aunque en los últimos años la Academia ha ampliado su mirada ostensiblemente (cierto que la nación en cuestión necesita cada vez más de las comunidades potentes que participan en la decisión de su futuro, véase la comunidad hispana). Es tan paradójico como curioso que el país que se autoconsidera el más democrático de los que existen en el planeta sea el que legítimamente más figuras dictatoriales ha puesto al frente de sus gobiernos desde que se constituyó como nación; es paradójico también que el cine siga reflejando sus cotas de poder (cual si el resto de la cultura universal tuviera sus cimientos en Estados Unidos) y resulta profundamente característico del carácter estadounidense que los mitos (ya literarios o cinematográficos) sean los creadores y no sus invenciones. No hay Quijote, Rey Lear o Tartufo en la literatura estadounidense. Hay Kerouac, Capote, Poe, McCarthy, Bellow, Fitzgerald, Bukowski, Salinger o Hemingway. Ellos son el mito, sobreviven a sus obras y sus personajes. Lógico que USA sea la madre patria de la no ficción, del periodismo literario, de los seres adorados por sí mismos. Porque no hay quien supere al hombre.

 

Tan es así que todos los personajes de Bogart son Bogart; todos los personajes de Marilyn son Marilyn; todos los personajes de Eastwood son Eastwood. Los mitos cinematográficos son de carne y hueso. Inaccesibles y fascinantes, pero de carne y hueso.  Ricos, famosos, desgraciados, introvertidos, pero de carne y hueso. Los héroes de la nación son mitos del arte. Los héroes son escritores, pintores, actores, cineastas o diseñadores. De todos los héroes, el héroe: hablo de John Wayne.

 

John Wayne

 

La única ficción de Wayne es su nombre, como en la mayoría de los casos, pues el héroe que se forja nace de nuevo y es bautizado con la eternidad del pseudónimo. Marion Robert Morrison, nacido en Iowa el 26 de mayo de 1907, se convirtió en el Duque (no tan feo, pero, desde luego, fuerte y formal), es decir, en el John Wayne que representó la pureza del alma USA. Para tal fin se instauró como el rostro de un género únicamente estadounidense: el western. A conciencia de que el cine es un invento europeo, que lo mejor del cine europeo contribuyó con decisión a crear el mejor cine clásico (Chaplin, Hitchcock, Wilder, Lubitsch, Murnau, Preminger), Estados Unidos erigió su cine: un cine que lo definiera y lo expandiera al mundo entero. Un cine que hablara su idioma, mostrara sus tierras, alzase sus ideales y condenara a sus enemigos. Un cine, con todo, bello, lúcido, vibrante y profundo. El western es solo cine, pues en el momento de su creación apenas existían referentes literarios y/o escénicos como en el caso del terror, el drama o la comedia. El western es solo Estados Unidos. Y aunque sus fronteras limiten un espacio determinado del gigantesco tamaño de la patria, incluso las lejanas ciudades del Este están presentes en su ausencia, con la llegada del forastero, con el regreso del oriundo que cruzó el horizonte. Porque el horizonte es parte de la nación.

 

El joven John Wayne protagonizó durante los años veinte y treinta un puñado de películas desiguales que fraguaron su perfil ideal: un hombre de bien que de seguro será el último pistolero. Hasta que cayó en brazos de la eterna Marlene Dietrich (con quien protagonizó tres películas a principio de los cuarenta) no alcanzó el estrellato definitivo, aunque poco antes se convertiría en el actor fetiche del director más grande de todos los tiempos: John Ford. Junto a él, Wayne consagró su trayectoria y su mito. Ford le concedió la heroicidad. Puso a sus espaldas la llanura del desierto, en sus manos la fatalidad del revólver y en sus ojos la misericordia y la venganza. El tándem labró un puñado de títulos que son, en su conjunto, joyas de maestría. El cine no volvió a ser el mismo. Fue mejor con ellos. Y, para desgracia del futuro, prácticamente insuperable. Marcaron la época dorada del western y mano a mano descendieron por el alma del pueblo estadounidense hasta mostrar sus miserias (Centauros del desierto (1956)), su debilidad (El hombre que mató a Liberty Valance (1962)), su coraje (La legión invencible (1949)), su ímpetu (Ford Apache (1948)), su piedad (La diligencia (1939)), su cabezonería (Misión de audaces (1959)), su rebeldía (Río Grande (1950))… Pero con Ford puso Wayne el pie en otras tierras y también en otros personajes. El actor cómico de El hombre tranquilo (1952), Tres padrinos (1948) y La taberna del irlandés (1963) o el actor del drama de superación Escrito bajo el sol (1957) así lo revelan.

 

John Wayne y John Ford

 

Sin embargo, existe un Wayne fuera del universo Ford. Un Wayne que alcanzó la excelencia en otros western de altura como los Ríos reescritos por Howard Hawks (Río rojo (1948), Río bravo (1959), Río lobo (1970)… y también en El Dorado (1966)) o formando dúo con Kirk Douglas en Atraco al carro blindado (1967) de Burt Kennedy; en el cine de aventuras de la mano de Cecil B. de Mille (Piratas del mar Caribe (1942)) y de nuevo con Hawks en la divertidísima ¡Hatari! (1962); en el cine de catástrofes con Escrito en el cielo (1954) de William A. Wellman; en el cine histórico con El conquistador de Mongolia (1956) de Dick Powell; en el cine de acción, no exento de romance, con Amor a reacción (1957) de Josef von Sternberg y en el cine policíaco con McQ (1974) de John Sturges, en un intento de paliar el error que cometió al rechazar Harry, el sucio (1971).

 

Por la bélica Arenas sangrientas (1949) logró su primera nominación al Oscar como actor protagonista, pero fue con su segunda y última nominación por Valor de ley (1969) que sería laureado. El único Oscar de su carrera premia a un personaje que se burla de sí mismo, del propio héroe que Wayne creó. No obstante, pese a caerse de la montura por la ingesta excesiva de alcohol, no le falla el pulso al disparar sendos revólveres mientras sujeta las riendas con los dientes. Así es el héroe y así de paradójica es la nación.

 

La guerra que no pudo hacer en la vida real Wayne la sudó en varias de sus interpretaciones (por ejemplo en No eran imprescindibles (1945), de la mano de Ford), pero su ofrenda a la patria se traduce en las dos cintas que dirigió. Su primer largometraje como director, El Álamo (1960), se alzó con una nominación al Oscar a la mejor película, luego Boinas verdes (1968) no logró igual aceptación; pero permanecen ambas como un interesante documento de su amor por el cine.

 

En este punto añado el inciso con que planteo la inclusión en el western de grandes estrellas que en algunos casos contribuyeron a la excelencia del género, como si su patriotismo les reclamase la inserción en sus carreras del género nacional, al menos en una sola ocasión. De estas excepciones surgen personajes eternos como la Vienna de Joan Crawford en Jonnhy Guitar (1954). Caso extraordinario también el de Katherine Hepburn, junto a nuestro John Wayne, casi al final de sus vidas y del esplendor del western, en El rifle y la biblia (1975), película que no suma muchos adeptos, pero que cautiva a quien escribe.

 

El pistolero (1976)

 

La piedra en el camino de Wayne fue la enfermedad. Un cáncer que lo alejó de las cámaras muy poco tiempo, pues regresó con un pulmón menos, pero con idéntico tesón, en el western de Henry Hathaway Los cuatro hijos de Katie Elder (1965). Luego, el cáncer volvería a aparecer, esta vez para siempre, e hinchó su alta figura de casi dos metros, lo envejeció de golpe. Pero el héroe es el único que no sabe que es viejo. El héroe ve la tierra suspendida en el aire cuando galopa y a sus ojos el paisaje continúa igual de joven y enérgico. El héroe no lo sabía, pero el hombre, el actor, sí. No obstante, un impulso de adentro, quizás el más generoso de los orgullos, lo llevó a concluir su andanza con un papel sincero, transparente y rotundo. Su interpretación en El pistolero (1976) es una evocación de la época dorada del western, una mirada atrás, pero de frente, la fuerza de la nostalgia hacia delante, un legado de auténtica verdad.

 

Hay momentos en la vida en que se vence con la pérdida. Lejos ya de la gloria, tan atrás los mejores años, John Wayne volvió a cabalgar, quizás para sentir que el mejor western lo escribe el viento o para advertir a Marion Robert Morrison que solo hay una forma de morir: bajo el ala del sombrero. 

 

 

Daniel María (Agulo, La Gomera, 1985) es actor, escritor y guionista. Su último libro es El caso de la película imposible: El extraño viaje.

 

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