Cultura

josé-luis-muñoz Por José Luis Muñoz

18 de abril de 2012

El padrino

El padrino

José Luis Muñoz aprovecha el 40 aniversario de este clásico para su primera columna de cine

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El padrino (1972)Se cumplen cuarenta años, que ya son muchos, del rodaje (cincuenta y dos días) y estreno de El Padrino (1972), la adaptación a la pantalla de la novela de gánsteres de Mario Puzo que fue el inicio de una magna trilogía que pulverizó los records de taquilla y recibió numerosos galardones (sendos óscar al mejor guion y película, la primera parte; tres óscar, la segunda parte, en la misma categoría, al que se añadió la de mejor director; ninguno, aunque sí numerosas nominaciones, la tercera), una película en la que el propio Coppola no parecía creer mucho, un encargo que le vino llovido del cielo a un director bisoño de origen italoamericano ( como sus amigos Martin Scorsese, Brian de Palma, George Lucas) con una experiencia cinematográfica a sus espaldas muy reducida (El valle del arco iris (1968) y Llueve sobre mi corazón (The rain people) (1969) eran sencillamente mediocres y no permitían sospechar ese ramalazo de genialidad posterior de su director) y una desconfianza de los estudios que lo contrataron que estuvieron a punto de sustituirlo por otro director más violento, ya que el aspecto cachazudo y de bon vivant de Coppola no acababa de gustarle a muchos. Contra todo pronóstico, contra las propias previsiones de su director, El Padrino (1972), que volvía al cine de gánsteres de los años cincuenta/sesenta, que tan redondos filmes aportó al Séptimo Arte y conectó siempre con un público tendente a identificarse, en la oscuridad de la sala, con esos héroes solitarios y suicidas que acababan sucumbiendo al imperio de la ley, fue un éxito incontestable de taquilla y crítica, y anunció el nacimiento de uno de los grandes directores norteamericanos.

 

El padrino (1972)Lo que hacía El Padrino (1972), y de ahí seguramente su éxito y su conexión con los espectadores, era remarcar el carácter shakesperiano de la obra, construir un sórdido y sólido drama familiar (la Mafia es una gran familia con unas normas muy estrictas y despiadadas que caen sobre quienes las incumplen) en el que el poder, el dinero y la ambición son los motores que guían las acciones de los que forman parte de la organización criminal. La película de Coppola, grandiosa como una ópera de Verdi, rica en multitud de detalles y matices, coral, violenta en extremo y glamurosa al mismo tiempo, no hablaba ya de esos héroes solitarios e individualistas que poblaban las películas de gánsteres tradicionales de los cincuenta, sino de una gigantesca estructura de poder que se codeaba de tú a tú con el mundo de la política y los negocios y tenía unas leyes más severas que las de la propia sociedad en la que la Cosa Nostra estaba imbricada. Coppola dio un lustre de glamour, quizá excesivo, a la mayor organización criminal existente cuyos miembros se sintieron maravillosamente bien retratados en las imágenes de esa película épica que dibujaba, con trazos sangrientos, el ascenso social de Vito Corleone como el típico self made man (el repartidor de periódicos que puede llegar a presidente de la nación) desde la pobre calle, en donde se gana el respeto a través de su carácter violento, a la poltrona de la jefatura de la organización desde que la que ejerce como patriarca y conseguidor de los suyos. Coppola tuvo el acierto de reunir en la película, y en las que siguieron de la saga, a Marlon Brando como el viejo (el joven los interpretaría otro italoamericano: Robert de Niro) Corleone (aquí confieso que su interpretación nunca me gustó) y como heredero de la monarquía de la delincuencia al joven e inexperto Al Pacino que, con los años, se convertiría en uno de los mejores actores del universo cinematográfico. Y los supo rodear con gente tan extraordinaria como James Caan, Robert Duval, Diane Keaton o  John Cazale

 

Dos años más tarde, en 1974, Coppola rodaba la segunda parte de la saga, y en el año 1990 el cierre de la misma, quizá la parte más polémica y valiente, en la que metía en el mismo saco a La Mafia, el Banco Ambrosiano y el Vaticano y la oscura muerte del papa Juan Pablo I, que dio paso al papa Karol Wotjyla y, con él, la caída del bloque soviético. Entre tanto rodó algunas de sus mejores películas (Apocalipse now (1979), La ley de la calle (Rumble fish) (1983), Cotton Club (1984), Drácula de Bram Stoker (1992)…) de las que el cineasta, metido de lleno en tareas de viticultor en el valle californiano de Napa, se desmarca ahora reivindicando su aura de director independiente (el desastre a todos los niveles de Tetro (2009)) sin darse cuenta de que sus mejores películas, por las que será recordado y pasará a la historia del cine, no serán esas que ahora absurdamente reivindica como suyas sino las que rodara bajo la férrea disciplina de los estudios. Es como si Coppola hubiera sido genio a su pesar. Y es que la obra de arte nace, muchas veces, pese a su creador.  

 

El padrino (1972)

 

*José Luis Muñoz es escritor. Ha publicado en 2011 las novelas Tu corazón, Idoia (Corona Borealis), Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones) y Muerte por muerte (Bicho Ediciones). En mayo de 2012 saldrá a las librerías Patpong Road (La Página Ediciones)  

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