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Maycomb, un cuento del viejo sur

Maycomb, un cuento del viejo sur

Regresamos al pueblo ficticio de Matar a un ruiseñor (1962) de la mano de Antonio Ángel Usábel

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Matar a un ruiseñor (1962)Monroeville (Alabama) es Maycomb en la excepcional ficción de Matar a un ruiseñor novela publicada el 11 de julio de 1960 de Harper Lee, ganadora del Pulitzer 1960, llevada al cine por Robert Mulligan  y Alan J. Pakula como Matar a un ruiseñor (1962). En Maycomb, un pueblo de la Norteamérica sureña profunda, un abogado íntegro, viudo, padre de dos niños pequeños, Jem y Scout, defiende a un hombre negro acusado de abusar de una muchacha blanca. La acción se sitúa en los años inmediatamente posteriores a la Gran Depresión, los treinta, cuando aún se linchaba en público a los negritos díscolos. La novela y la película son de los años sesenta del pasado siglo. Sin embargo, el racismo seguía de plena actualidad. Tal es así que Mary Badham, hermana de John Badham director de Juegos de Guerra (1983), la actriz que interpreta a Scout, recuerda que su niñera negra tenía que sentarse en el autobús en un sitio distinto a donde lo hacía ella. Recordemos que en diciembre de 1955, Rosa Parks, una mujer de color, fue arrestada por no viajar en la parte trasera del autocar, y no querer ceder su asiento a otro viajero blanco. Brock Peters (Tom Robinson en la pantalla) sufrió en sus carnes el odio racial al ser golpeado y humillado varias veces en público. Y a James Anderson, el alcohólico padre denunciante, no le costó apenas recrear su sórdido personaje, ya que había conocido mucha gente así en el Sur rural. A pesar del gran discurso de Martin Luther King (“I have a dream”, 28 de agosto de 1963, frente al Capitolio), faltaban todavía cinco años para que se vieran los primeros progresos en la ficción: que un hombre de color pudiera ser inspector de policía En el calor de la noche (1967), o algo más resueltamente audaz: que un médico negro desposara a una muchachita blanca de clase media-alta en Adivina quién viene esta noche (1967).

 

Matar a un ruiseñor (1962)Matar a un ruiseñor (1962) fue un proyecto audaz, espinoso, por el tema controvertido que trataba; además, se basa en un relato muy literario, alejado de la acción al uso. Alan Pakula tuvo dificultades para que un estudio se decidiera a producir la película. Él y Robert Mulligan, el director, consiguieron finalmente convencer a Universal, en cuyos terrenos traseros se reprodujo Maycomb, inspirada en una pequeña población que hay a la salida del Valle de San Fernando, cerca de Pasadena (California), ya que Monroeville, el lugar natal de la autora, había cambiado tanto tras la Segunda Guerra Mundial que no se podía utilizar como set de rodaje (solo se aprovechó la sala de justicia, fotografiada y recreada luego en estudio). Gregory Peck aceptó de inmediato el papel de Atticus Finch, tras pasarse una noche en vela leyendo el libro. Se dice que previamente se barajó la posibilidad de contar con Rock Hudson o con James Stewart para el rol protagonista.

 

Vista hoy, Matar a un ruiseñor (1962) nos puede parecer una fábula “bonita”, pulcra, irreal, con un mundo dividido entre buenos y malos sin matices. Pero no olvidemos que, en principio, es literatura, no realidad; y que, en segundo lugar, y lo más importante, es una historia contada a partir de los recuerdos de infancia, la de una niña de ocho años. Como el propio Peck dijo en el tráiler promocional, “El mundo nunca se ofrece tan dulce y maravilloso, tan acogedor y terrorífico, tan noble y malvado como cuando se ve a través de los ojos de la niñez”. Lo que se reconstruye ante nuestra mirada es un universo de juegos inocentes: la casa en la copa del árbol, los giros de vértigo con el viejo neumático, los disfraces, los tesoros abandonados en el hueco de un añejo tronco, las excursiones nocturnas a un jardín tétrico. Acciones de camaradería y de valentía que caminan paralelas a un mundo adulto. Un escenario apartado, gótico por añadidura, porque los niños disfrutan con el miedo. En la novela, cuando Scout y Jem conocen a Dill (o Tití, alter ego de Truman Capote, amigo íntimo de la escritora), este alardea de haber visto Drácula, cuyo relato original parecen conocer y admirar ambos hermanos. La melodía creada para la cinta por Elmer Bernstein se asemeja voluntariamente a una nana, y de hecho está inspirada en la acción de todo niño cuando intenta hacer sonar un piano, pulsando aleatoriamente teclas sueltas.

 

Matar a un ruiseñor (1962)Los niños son los pequeños duendes que hasta pueden trastocar el código de los mayores: cuando una multitud se dirige de noche a  la cárcel a tomarse la justicia por su mano, amenazando la vida del acusado Robinson, es la presencia y la intervención razonada de los niños lo que impiden cualquier agresión. El polvo mágico de hada ilumina como las luciérnagas en la oscuridad.

 

Aunque hoy el racismo haya quedado algo atrás, la película se mantiene vigente gracias a consignas atemporales, como la que mueve mayormente a Atticus Finch, y que se preocupa de inculcar en sus hijos: “Si sabes aprender una treta sencilla, Scout, convivirás mucho mejor con toda clase de personas. Uno no comprende de veras a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista, hasta que se mete en el pellejo del otro y anda por ahí como si fuera el otro”. Por eso, porque Atticus comprende el problema que afecta a Tom Robinson, porque se mete en su piel de negro acosado, es por lo que decide defenderlo, para poder ir por ahí “con la cabeza bien alta”. Un ejercicio de empatía que nos vendría divinamente a todos antes de criticar a los demás. La película habla también de represión sexual y de padres fatalmente posesivos, y hasta destructivos, con sus hijas. Mayella Violet Ewell -la presunta ultrajada- es una joven esmirriada, con un pelo frágil y un flequillo que casi le tapa los ojos, prisionera de su padre y posiblemente víctima de sus tocamientos incestuosos. Tan lamentable es su aspecto y su reclusión que alienta la lástima del acusado Tom. Un negro, apiadándose de una mujer blanca. Otra osadía para 1962 (¿incluso para 2012?).

 

Los hijos de Finch crecen sin madre. Es la cocinera negra, Calpurnia, quien colabora activamente con Atticus en su educación. Lo que dice Calpurnia va a misa, se obedece. En esto se transgreden las convenciones sociales, no solo de 1930, y de 1962, sino incluso las de los tiempos actuales. ¿Quién fiaría hoy la disciplina y la moral de sus hijos blancos al criterio de una sirvienta de color? Seguramente, muy pocas personas.

 

Matar a un ruiseñor (1962)Sorprende una ausencia del guión de la película: los oficios religiosos. Hablamos de una sociedad tradicionalista, sureña, donde negros y blancos acudían al responso en domingo. En la novela, sí aparecen las iglesias de las distintas razas, y se ve cómo Calpurnia osa llevar a Jem y a Scout a su oficio, donde los niños descubren cómo cada caso es abordado de manera particular. Atticus, por su parte, permanece solo en la suya, en la tercera fila, cantando a su aire “Más cerca, mi Dios, de Ti”.

 

Nelle Harper Lee no vivió una infancia tan idílica como plantea en su novela. Su madre, una maniática de los crucigramas, no andaba bien de la cabeza. Paraba a la gente por la calle para decirles cosas raras, y por dos veces intentó ahogar a su hija Nelle en la bañera. Hizo amistad con Truman Capote porque ambos se sentían descuidados por sus padres, y eran casi inseparables, a pesar de que a Nelle le gustaba mucho hacerle de rabiar. Nelle era un poco marimacho, poco delicada como mujer, y Truman lo contrario, un pajarillo afeminado. Truman dedicó a Nelle un relato corto, El invitado del día de Acción de Gracias, en el que reproduce la vida con sus tías en Monroeville. En 1950, Nelle Harper se trasladó a vivir y trabajar a Nueva York, donde hacía reservas para British Airways. Después le dio por escribir sobre Alabama; gestó Matar a un ruiseñor en dos años y medio. La obra se iba a titular en principio Atticus, en honor del protagonista. Su trabajo vio la luz el 11 de julio de 1960. Meses antes de que saliera el libro, Truman se llevó a Harper a Kansas, a investigar sobre el terreno el asesinato de los Clutter, crimen reflejado después en A sangre fría (enero de 1966), pieza maestra de reportaje novelado, en la línea de El día más largo, de Cornelius Ryan. Pero si marchó con ella al lugar de los hechos, fue porque a él le falló la compañía de Andrew Lyndon, uno de los grandes amigos de Capote.

 

Matar a un ruiseñor (1962)Gregory Peck como Atticus Finch despertó múltiples vocaciones jurídicas en los estudiantes norteamericanos, que lo tomaron como modelo idealizado del Derecho. Muchos niños vieron en él al padre que nunca conocieron. No en vano, es un padre todo bondad, el Dios que aguarda tras la cortina inquietante de la muerte. Es la creación máxima de Peck, el papel del que estaba más orgulloso, y que le valió el Globo de Oro y el Oscar al mejor actor, superando al Jack Lemmon de Días de vino y rosas (1962), al Peter O’Toole de Lawrence de Arabia (1962), al Burt Lancaster de El hombre de Alcatraz (1962), y al Marcello Mastroianni de Divorcio a la italiana (1962) Realmente, rebosa naturalidad y honestidad en su construcción del personaje. El actor se hizo amigo íntimo de la esquiva Harper Lee, hasta el punto de que su nieto, hijo de Cecilia Peck, se llama Harper, en honor de la escritora. Por su parte, Lee, hija de abogado y hermana de una fiscal, regaló a Peck el reloj de oro que llevaba su padre en los juicios. El señor Lee solía juguetear con él, gesto que aparece en la novela, y que Peck decidió destacar en su interpretación.

17 de mayo de 2012

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