Cultura

josé-luis-muñoz Por José Luis Muñoz

10 de junio de 2012

Bigas Luna, el hombre con atributos

Bigas Luna, el hombre con atributos

José Luis Muñoz: "Bigas Luna es mediterráneo, lúdico, le gusta tocar: la piel de una mujer, la de una naranja, las cubiertas de un libro, y su cine es tan táctil como olfativo"

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La cita es a las cinco de la tarde en el hotel Omm de Barcelona. Él llega con una puntualidad meticulosa y, a esa hora, traspasa la puerta giratoria del establecimiento hotelero tirando de una maleta con ruedas. Yo ya le espero y me levanto para saludarle.

Hace casi diez años que no coincidimos (en el pasado le hice entrevistas para Playboy, El Periódico de Catalunya, GQ, DT…porque, debo confesarlo, el autor de la Trilogía Ibérica: Jamón, jamón (1992), Huevos de oro (1993) y La Teta y la Luna (1994) es mi director favorito desde que me noqueó con su oscura Bilbao (1978), pero es como si nos acabáramos de ver ayer mismo. Existe un feeling indudable.

Luce el director de La camarera del Titánic (1997), película de época exquisita, bigote y perilla meticulosamente recortados y lleva el cabello a ras de cuero cabelludo. Viste de oscuro, con elegancia. Empieza a hablar con esa voz profunda, que muchos podrían creer que es engolada, pero es la suya.

 

Huevos de oro

 

Cuando el cine español era casi todo caspa y destape, cuando la censura franquista languidecía y se avecinaba un cambio de tiempo por la muerte del dictador, Bigas Luna nos sorprendió, a todos los que amamos el cine, con unas serie de películas que rompían moldes. Él fue el primero que se atrevió a adaptar a Vázquez Montalbán (Tatuaje (1976) , uno de sus sonados fracasos, comenta) y facturó luego dos películas inquietantes, puro cine negro sin proponérselo: la citada Bilbao (1978), película de culto española en la que una espléndida y voluptuosa Isabel Pisano era carne en el sentido más amplio de la palabra, y en una cárnica terminaba sus días; y Caniche (1979), sobre los infiernos de unos hermanos burgueses en la ruina, ambas protagonizadas por su amigo pintor Angel Jové, y la última con Consol Tura, su compañera sentimental por aquel entonces.

Mientras él se despeja con un café solo y yo apago mi sed con una tónica, repasamos su filmografía de la que me acuerdo milimétricamente, como si hubiera visto sus películas ayer. El ojo cinematográfico de Bigas Luna ha descubierto, por si alguien se ha olvidado de ello, a todos nuestros mejores actores: Javier Bardem, Penélope Cruz, Jordi Mollá y, más recientemente, a Verónica Echegui o Leonord Watling. No me hace falta hacer ninguna prueba para saber si un actor va a funcionar. Hablamos, al hilo de la voz de Marlango, de Son de mar (2001), la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Manuel Vicent, de lo lúdico y mediterráneo que fue ese rodaje en el levante español, de las paellas que se tomaron Vicent, Rafael Azcona, el guionista, y él a la salud de esa película sensual con olor a naranjas y en la que su protagonista femenina desplegaba una sensualidad extraordinaria. Me cuenta, al hilo de esa película pasional, de ese bello plano del rostro de Leonor en el éxtasis del orgasmo y de cómo lo consiguió, un secreto que me guardo. Estaba cansado de filmar cuerpos desnudos en el acto de amarse y decidí fijar la cámara en el rostro. Le hablo de una de las películas malditas, por lo complicado que fue el postrodaje, Bambola (1996), y que para mí es una de las preferidas. Era un homenaje al neorrealismo con estética berlusconiana, define a la perfección. Valeria Marini, la protagonista voluptuosa de ese film, la bambola por la que Jorge Perugorría enloquecía de deseo, boicoteó la película, éxito resonante e indiscutible en Italia, por un primer plano de su espléndido trasero que Bigas Luna se negó a cortar. Me tomó por un paparazzi, puntualiza. Valeria Marini era la apoteosis de la curva, en aquel momento las caderas más sinuosas de Italia, fábrica de maggioratas. Porque Bigas Luna, sobre todo, es mediterráneo, lúdico, le gusta tocar: la piel de una mujer, la de una naranja, las cubiertas de un libro, y su cine es tan táctil como olfativo. Le pregunto, porque no lo recuerdo, cómo fue la reacción crítica española a la película. Le gustó mucho a Carlos Boyero, sentencia. Seguimos con algunas de sus películas malditas, Volaverunt (1999), un film de época que fue recibido con uñas y dientes, quizá porque no se admitía un Goya con acento cubano (de nuevo Perugorría).

 

Leonor Watling en Son de mar

 

Pocos se acuerdan que un, por entonces, desconocido Benicio del Toro tuvo un pequeño papel hilarante en la parte final de Huevos de oro (1993)  (se follaba a la voluptuosa novia de Javier Bardem ante la impotencia de nuestro actor toro, que en el film aparecía con slips de pantera y barretina). Era Benicio un actor portorriqueño con una carrera muy corta. Me pidió intervenir en la película. Se obsesionó porque no quería que se viera su culo en ninguno de sus planos. Optamos por pegarle un velcro a la sábana y a su trasero.

La vida de Bigas Luna está llena de anécdotas jugosas. Amigo de Dennis Hopper (el protagonista de su aventura norteamericana, la también oscura Reborn (1981) hasta la muerte. Del café norteamericano, que odia a muerte, pasamos de largo. Me habla de John Malkovich, y ambos coincidimos en su extraordinaria valía, y me dice que habla en un francés lento, escuchándose. De Malkovich me quedo con dos de sus papeles: Las amistades peligrosas (1988) y El cielo protector (1990).A los actores hay que darles de comer aparte, ironiza.

Sus últimas películas funcionan bien, en las salas y en el recorrido en DVD. Yo soy la Juani (2006), sobre todo; en menor medida, Didi Hollywood. (2010) Pero apuesta por el futuro. Hay infinidad de webs en la red a las que les falta contenido, y ahí tienen cabida los creadores de imágenes.

Anda ahora centrado en la película sobre Mecanoscrit del segon origen de Manuel de Pedrolo, un proyecto antiguo muchas veces aplazado que filmará antes de que termine el año en versión española e inglesa.

Hablamos de cultura. O incultura. De la crisis, de la que, según él, saldremos reforzados. De un espectáculo de cabaret que va a presentar en Zaragoza, El cabaret ibérico, como en Valencia hizo años atrás con Las comedias bárbaras de Valle Inclán. Y de su huerto ecológico en la masía que tiene en Tarragona, al que dedica pasión y horas. Me gusta comer bien. Y cuidarse.

 

Cabaret Ibérico

 

A las seis termina la charla informal. Pasan a recogerle de regreso a su masía tarraconense. A quince minutos de la estación del AVE, confiesa, lo que me permite ir a Madrid o a Barcelona cuando quiero. Allí, en su huerto, entre zanahorias y pepinos de pureza absoluta, este creador extraordinario y original, multidisciplinar, que nunca hace la misma película (Me aburriría) y está siempre en estado de inquietud permanente, buscará ideas para los planos de sus próximos trabajos.

Hacer cine es algo muy complicado. Más ahora que con la censura franquista. Antes tenías que lidiar con un intelectual de derechas en Madrid y convencerlo. Ahora tienes que hablar con infinidad de gente, que no tiene idea de nada, para llevar a cabo tu proyecto y que inviertan en él.

No dejaré pasar otros diez años para hablar con él.

 

*José Luis Muñoz es escritor. Su última novela es Patpong Road (La Página Ediciones, 2012)

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