Cultura

josé-luis-muñoz Por José Luis Muñoz

09 de julio de 2012

Centauros del desierto (1966) John Ford

Centauros del desierto (1966) John Ford

José Luis Muñoz, en esta columna, añora el Western, un género que meció nuestra infancia en donde el hombre se enfrentaba a todos los desafíos en grandes escenarios como la pradera, el desierto o los cañones.

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Días atrás, un grupo de amigos que nos dedicamos activamente a la creación literaria nos reunimos en la terraza del Ateneo de Madrid. Tres hombres y una mujer. Allí, entre copa y copa de gin tónic y mientras caía la calurosa tarde, aliviada, en parte, por el agua pulverizada de los aspersores, empezamos a hablar de un género últimamente olvidado, el western, por el país que más debía velar por él, Estados Unidos. A los cuatro nos gustaba el cine, pero nuestra debilidad por la épica de ese género genuinamente americano debía de tener una explicación que se nos escapaba y debía residir en la memoria de nuestra infancia. Curioso era reseñar que el western, género mayoritariamente de hombres por los valores machistas que ensalza, también gustaba, y mucho, a la única mujer de aquella mesa de tertulias cinematográficas.

 

A la hora de analizar el porqué un género bronco  como es el western nos entusiasmaba a todos, teníamos que echar mano a la épica del hombre enfrentado a los grandes escenarios (la pradera, el desierto, los cañones) y a la moralidad, por regla general, del género en el que ese individuo solitario y justo (un sheriff, un vaquero, un abogado) logra vencer a los matones de turno a pesar de que les superan en número casi siempre.

 

Empezamos, mediados los segundos gin tónics de la noche, a loar algún western patrio (el Blackthorn (2010) de Mateo Gil, cuyo valor no ha sido reconocido); hablar de la mezcla de géneros que se daban en algunos (el terrorífico con el western en la excelente La noche de los gigantes de Robert Mulligan, por ejemplo); la labor desmitificadora que le ha tocado a Clint Eastwood en sus westerns crepusculares (impensables si no hubiera intervenido en los filmes del enfático Sergio Leone, el director italiano que lo descubrió); la estilización de Solo ante el peligro de Fred Zinneman; la vigencia absoluta de Richard Brooks y Los profesionales, proyectada recientemente en televisión y tan fresca hoy como ayer; la generación de realizadores artesanos como Aldrich y Sturgess, por ejemplo, y la solidez de sus historias ambientadas en las grandes praderas; el western ecológico de Sidney Pollack con Robert Redford que es Las aventuras de Jeremiah Johnson; los intentos, bellísimos, por resucitar el género por parte de Kevin Costner (Bailando con lobos y Open Range); y claro, de los filmes del gran John Ford.

 

Llegamos a Ford con el tercer gin tónic, después de haber invertido algunos minutos en hablar del cine áspero e hiperviolento de Peckinpah y su Grupo salvaje. Tras dos horas hablando del séptimo arte, y algunos, con mucha memoria, hasta recitando diálogos de los personajes de sus westerns preferidos (había, entre los presentes, un par de adoradores de Steve McQueen y cuatro fans indiscutibles de las apabullantes interpretaciones de John Wayne que, con la misma naturalidad que andaba, balanceando su corpachón, o montaba a caballo, prendía un cigarro rascando el misto contra la suela de su bota, o cargaba su wínchester, haciendo una cabriola, y disparaba certeramente sobre los villanos), lancé una pregunta de difícil respuesta dado el gran número de westerns existentes y la calidad alta de los mismos.

--Y para vosotros ¿cuál es el mejor western de la historia del cine?

Los cuatro, sin un atisbo de duda, deletreamos al mismo tiempo ese título de oro, esa obra indiscutible de ese cine en el que los héroes y los villanos lo son de una sola pieza y en el que priman tanto la fuerza como los reflejos y la determinación: Centauros del desierto. Y analizando cada una de sus imágenes, su fastuosa fotografía en color y las dos puertas que abren y cierran el mejor western de la historia del cine,  prolongamos la velada cinéfila hasta cerca de las dos de la madrugada.

 

 

*José Luis Muñoz es escritor. Su última novela publicada es Patpong Road (La Página Ediciones, 2012) 

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