Cultura

daniel-maría Por Daniel María

08 de agosto de 2012

Voz y ficción: damas graves de nuestro cine

Voz y ficción: damas graves de nuestro cine

Daniel María nos habla de tres damas del cine español, insustituibles, rotundas y eternas: Emma Penella, Lola Gaos y Tota Alaba.

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Bardem decidió que su voz no podía ocultarse. Cómo es posible que, precisamente, el arma de seducción más potente de Emma Penella (Madrid, 1931-2007) fuese sustituido por una voz angelical que redujera a la insignificancia el volumen generoso de una actriz tan espléndida como hermosa. Emma Penella es una de las grandes intérpretes del cine español, pero en sus primeras películas hubo de lidiar con un hándicap imposible de abolir: su voz. Muy grave para algunos, muy profunda para otros… En definitiva, extraña por diferente, por única. Pero Bardem, haciendo alarde de sus convicciones fijas, deshizo la maldición y ofreció en Cómicos (1953) a una Emma Penella en plenitud: la escuchamos al fin.

 

El verdugoY su carrera dio un giro clave, porque las tablas conocían su timbre de voz, ese con se llama a las puertas del talento, pero la pantalla vivía engañada. Desposeer la careta de sus cuerdas vocales le permitió, considero firmemente, que Berlanga la fichara para El verdugo (1963); no solo porque es buena actriz (un híbrido espectacular entre la Magnani y la Loren) sino porque su voz y la del inmensísimo Pepe Isbert suenan a la misma tristeza, al mismo desánimo en blanco y negro. Eran la pareja ideal para la película.

 

Luego se sucederían personajes a los que entregó su potente erotismo: desde la pícara Lola, espejo oscuro (Fernando Merino, 1966) a la Fedra que dirigiera diez años antes Mur Oti en 1956. También su Fortunata en Fortunata y Jacinta (Angelino Fons, 1970) y La Regenta  que creó para Gonzalo Suárez: personajes que encorsetaban la belleza bajo un halo de profunda amargura. Y para todas ellas la voz templada, el susurro del lamento y el áspero desgarro del grito. La estrella en la cúspide decidió retirarse para regresar, ya madura y ancha, con el pasado que ocultaba su maravilloso personaje en Padre nuestro (Francisco Regueiro, 1985) y, sobre todo, con La estanquera de Vallecas (Eloy de la Iglesia, 1987). Por entonces, sus carnes bailaban bajo la tela vaporosa, se expandían al caminar, y confirmaban, con todo, que seguía siendo ella. Solo había que escucharla.

 

La personalísima voz de otras actrices de nuestro cine no vino acompañada de tal belleza exuberante. En sus casos, Lola Gaos y Tota Alba se vieron destinadas, cual parcas revertidas, a hilar con brujas, criadas, aldeanas y todo rol misterioso y fantástico. No obstante, cada una tuvo la oportunidad, con una película concreta, de demostrar cuan amplio era su registro.

 

Lola GaosLola Gaos (Valencia, 1921-Madrid, 1993) regresó a España a mediados de los años cuarenta, tras su exilio por Latinoamérica, para subirse a las tablas con La casa de Bernarda Alba de Lorca, El pelícano y Espectros de Strindberg y la convulsa pieza de Buchner, Woyzech. Semejante currículo escénico manifiesta su personal resistencia antifranquista, su íntima militancia con la capacidad liberadora y transformadora del arte, aunque esa es otra historia. Ya en cine su nombre va ligado a las primeras películas de Berlanga (Esa pareja feliz [1953], Las cuatro verdades [1962] y El verdugo [1963]), pero siempre en papeles secundarios y, en algunos casos, de reparto. No obstante, en su filmografía sobresalen dos personajes únicos, ambos con Buñuel: Enedina, la mendiga que levanta sus faldas en Viridiana (1961) y la Saturna que elabora para Tristana (1970), pendiente de la sombra de Catherine Deneuve. Durante estos años, décadas de los sesenta y setenta, hace mucha televisión y es en este medio donde su voz rasgada articuló los pesares de Medea, Celestina, Crimen y castigo, Antígona, Los papeles de Aspern o Las brujas de Salem. Para Ibáñez Serrador se entregó al miedo en los capítulos La casa y La pesadilla de la mítica serie Historias para no dormir, pero continuaron los gritos de terror en El sonido de la muerte (Nieves Conde, 1966), Sumario sangriento de la pequeña Estefanía (Tonino Valerii, 1972), Ceremonia sangrienta (Jorge Grau, 1973) y Latidos de pánico (Paul Naschy, 1983).

 

Fue en 1975 cuando su voz herida desahogó la amargura del tiempo atado. En Furtivos, de José Luis Borau, su Martina tiranizaba el monte, la habitación del hijo, el destino de los perros, el aullido de los lobos. Para este papel excavó el pozo, rompió las fisuras y, de tan rabiosa, su voz fue clara. Le valió un Fotogramas, una Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos de España y un Sant Jordi a la Mejor Actriz. Aun más, le valió la oportunidad de elaborar un personaje maestro, de mostrar la complejidad de la actuación. Lola Gaos alzó el puño al recoger los galardones. Era un gesto rotundo. Y sobraban las palabras.

 

Tota AlbaTota Alba (Buenos Aires, 1914-Madrid, 1983) fue reclamada por el cine para interpretar multitud de personajes cómicos en un puñado de títulos que la mantuvieron activa muchísimos años. Una secundaria eficiente, espigada a lo Jacques Tati, de voz raspada y con cierto aire masculino. Entretanto algunos proyectos posibilitaban otro registro: Mi calle (1960), última película de Edgar Neville, Canción de cuna (José María Elorrieta, 1961), Sabían demasiado (Pedro Lazaga, 1962), Un balcón sobre el infierno (François Villiers, 1964) o El próximo otoño (Antonio Eceiza, 1967) daban un descanso al aprendizaje de guiones un tanto inútiles.

 

El teatro, por su parte, la quiso para idénticos proyectos cómicos, sanos y ligeros, pero igualmente para estrenar Ni pobre, ni rico, sino todo lo contrario, de Mihura y Tono, o poner en pie complejos montajes de altura como la Orestíada de Esquilo en el Festival de Teatro Clásico de Mérida. Llegada la época dorada del fantaterror español, su figura se prestó a títulos del momento que el público engullía con fascinación (y que hoy en día, a quien escribe, continúan hechizando): La endemoniada (Amando de Ossorio, 1975), El extraño amor de los vampiros (Leon Klimovsky, 1975) e Inquisición (Paul Naschy, 1976), dirigida por tres de los directores más aclamados del género. Con Jess Franco, otro de los imprescindibles, rodó curiosamente dos películas alejadas del miedo: Vampiresas 1930 (1962), aunque el título se preste a confusión, y Residencia para espías (1966), donde coincidía con Lola Gaos. Cabe aquí un hecho insólito y es que tanto en La endemoniada como en Inquisición Tota Alba fue doblada por la genial Irene Guerrero de Luna, voz habitual de Bette Davis y Marlene Dietrich.

 

El 1964 Tota Alba crea su mejor personaje y la más importante de sus actuaciones en el cine. Dirigida por Fernando Fernán Gómez interpreta a Ignacia Vidal, la hermana mayor de los personajes que interpretaran Rafaela Aparicio (Doña Paquita) y Jesús Franco (Don Venancio). Hablo de El extraño viaje, una de las películas clave de la historia del cine español, una pieza única que aúna en su vientre terror, suspense, comedia y drama. En un pueblo castellano de los años sesenta un robo, un crimen y una sociedad reprimida, deprimida, y tan ofendida como humillada, muestra sus miserias, sus sueños y sus deseos, sobre todo, sus deseos. Con esta película, Tota Alba entrega su mejor trabajo, el más complejo y estudiado de sus personajes. Le afectó, al contrario de lo sucedido con Lola Gaos en Furtivos, que una serie de avatares condenaron la película al olvido. Su carrera continuó por la senda ya comenzada, no llegó el reconocimiento que merecía, ni la oportunidad de afrontar otros roles.

 

La voz determina el destino de una actriz. La condena a un abanico concreto de personajes, la fija en un prototipo que la explota hasta el cansancio. También, por ello, se hace única y reclamada. Penella, Gaos y Alba fueron esencialmente graves, pero Gracita Morales, Rafaela Aparicio y Florinda Chico fueron esencialmente cómicas. En ocasiones se produce la excepción: a Florinda Chico le llegó su drama con la Poncia en La casa de Bernarda Alba (Mario Camus, 1987) y a Emma Penella la comedia en el éxito televisivo de Aquí no hay quien viva (Antena 3). Aparicio mostró su talento infinito de la mano de Saura en Ana y los lobos (1972) y Mamá cumple cien años (1979), películas muy alejadas de la inmensa mayoría de comedias que trabajó. Gracita Morales, en cambio, murió olvidada y ajena al éxito enorme que experimentó en la década de los sesenta, cuando su nombre es, en sí mismo, un capítulo en la historia de nuestro cine.

 

La voz importa. Pero el cine es más que voz. El cine es imagen. Basta el plano de unos ojos. O los ojos que lo miran. Por ello, qué hermoso el silencio cuando narra. El silencio con que miran las damas graves.

 

Daniel María (Agulo, La Gomera, 1985) es actor, escritor y guionista. Su último libro es El caso de la película imposible: El extraño viaje.

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