Cultura

susi-delatorre Por Susi DelaTorre

17 de septiembre de 2012

La escafandra y la mariposa (2007) o La vida es un parpadeo

La escafandra y la mariposa (2007) o La vida es un parpadeo

Susi Dela Torre: En la angustia la carne se resiente y grita. Cuándo los sentimientos que parecían apagados o inexistentes patalean por salir al exterior aunque sea acompañados de renuncias.

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La vida es un parpadeo. Esta frase podría parecer un bonito verso inicial de un extenso poema que filosofara sobre alegrías, tristezas, fortunas y desgracias. Pero el pensamiento trata de ser menos evidente, menguando lo predecible. Si, la vida es un parpadeo, que necesariamente la mente rellena para que olvidemos que nos hemos cegado, incluso en  momentos en los que no quisiéramos perdernos ningún detalle.

 

Los parpadeos son importantísimos, son necesarios para que el globo ocular se humedezca y nos permita continuar visionando lo que se muestra. Cerramos los párpados, precisamente para descansar esta función involuntaria pero consciente. En realidad el cerebro no tiene demasiado trabajo, me lo imagino poniendo el piloto automático y recreando lo que debería suceder en tan breve espacio de tiempo. Nada relevante.

 

La escafandra y la mariposa (2007) de Julian Schnabel El cuerpo humano es impredecible cuando deja su normalidad y adquiere locuras propias. Multitud y variedad de particularidades que jamás dejarán de asombrarnos. Una de ellas es jugar con la nulidad del movimiento excepto por un punto concreto. Un parpadeo no parece suficiente para comunicarse con un mundo que gira incesante fuera. Aunque seas consciente de que tu inmovilidad no es total, hace falta mucho valor para afrontar el día a día si es un movimiento tan breve, conciso y tan susceptible de no ser captado. Incluso por quién mira con atención, luchando contra su propia irritación ocular.

 

Entonces es cuándo la mente debe ajustar sus parámetros y convertir en lenguaje nuevo un código impensable en otras circunstancias. Será ahora, también que su tarea de relleno deje de tener sentido. Demasiado importante. Demasiado vital.

 

Un parpadeo. Tremendamente humano.

 

Estas últimas semanas me sumergieron en una realidad paralela, por una locura de las aludidas, sobre una persona querida. En la angustia la carne se resiente y grita. Cuándo los sentimientos que parecían apagados o inexistentes patalean por salir al exterior aunque sea acompañados de renuncias.

 

Y no existe renuncia sin despojarse de un trozo de uno mismo. No vale ya lo que sabíamos, la memoria se viste de lentitud y descubre que en la enfermedad, todo adquiere un pánico añadido. Es una consecuencia natural. Igual renuncia he visto reflejada el libro autobiográfico de Jean-Dominique Bauby y en la posterior película basada en su historia; dos creaciones bajo un mismo título: “La escafandra y la mariposa” (2007) 

 

La historia de un “Síndrome de cautiverio” en que el personaje se ve atrapado en un cuerpo desobediente y desconectado, salvo por un pequeño enganche.

 

El libro impresiona pues ha sido dictado, letra a letra por un hombre real, que confiaba su sentir a la función del párpado del ojo izquierdo. El filme araña en el interior del espectador recordándole con crueldad el trenzado de cosas importantes; casi siempre olvidadas. No existen sustituciones válidas para recluirse en la ignorancia de las condiciones límite en que los humanos podemos caer por el azar del destino o la mala suerte. La valentía debe prevalecer sobre el drama.

 

Un cartel oriental de La escafandra y la mariposa (2007) Así, a medida que conocemos a Jean-Dominique Bauby,  antiguo director de la revista “Elle” nos adentramos en su angustia y ni siquiera la imaginación ni una empatía de trazo grueso alcanzan a conjugar su visión de un mundo donde era aceptado como hombre valioso y lleno de éxito. Cualquier elemento discordante, nimio para el resto, se vuelve drama: una mosca que se posa en la cara, una cortina que no aplaca el sol, un pesado domingo de horarios vacíos. Pero también, en contrapunto, se torna en fiesta sentimental; sus hijos, el aire, la playa, los atardeceres.

 

En el libro, Jean-Dominique Bauby muestra un monólogo interior que nos libra de la engañosa apariencia de muerte en vida. Llega a ser un mantra el orden aprendido de las letras que obran el milagro de extenderse fuera de su confinamiento.

 

Con trágico sarcasmo, desmenuza sus minutos en la relación con amigos, mujeres, hijos y con su anciano padre. Encontrando paralelismos entre su encierro y otros que se producen a razón de la edad, religiones y modas. En límites de habitaciones inabordables,  libertades reprimidas, en el secuestro desde la piel hacia adentro. Una renuncia obligada sesga el “yo” convirtiéndolo en la aceptación sumisa con destino cerrado. Los datos son escalofriantes, un veinte por ciento de personas en estado vegetativo mantienen su cerebro consciente. Sin llegar a la actividad cerebral de los diagnosticados del síndrome de cautiverio. Parece mucho más que una escafandra.

 

Aquí surge la mariposa, esa mente que vaga libre por encima de toda condición adversa. Con ella de cómplice, viaja, recuerda, se emociona, lucha una y otra vez.

 

Las alas que utiliza son su memoria e imaginación. Creando viajes inmóviles.

 

Jean-Dominique Bauby, con su historia adaptada al cine por el director Julian Schnabel, titulada igual que el libro La escafandra y la mariposa (2007), emocionó al mundo al igual que el excelente actor Mathieu Amalric, que se encargó de dar vida a  Bauby.  La película fue distinguida con diversos galardones, estuvo nominada a cuatro Oscar: al mejor director, guión adaptado, fotografía y montaje. Ganadora también de dos Globos de Oro a la mejor película y mejor director, alcanzó a poner voz a las personas que parecen ausentes. Un gran trabajo.

 

La vida es un estado breve, intenso y pasional. Apenas se nos otorga el tiempo necesario para aprender a vivirla con un mínimo de sabiduría. Tal vez sea también un verso.

 

Una vida entre los párpados.

 

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