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Blancanieves de Pablo Berger o De Frascuelo y de María

Blancanieves de Pablo Berger o De Frascuelo y de María

Antonio Ángel Usábel González, nos ofrece otro punto de vista sobre Blancanieves, una de las películas del año, flamante Premio especial del Jurado en San Sebastián, y con pasaporte español para el Oscar.

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Blancanieves (2012), coproducción hispano-francesa, se acaba de llevar el Premio especial del Jurado en el 60 Festival de San Sebastián. Es una cinta rodada en color, pero pasada a blanco y negro según el estilo y la técnica del cine mudo. El año pasado The Artist (2011), también silente, fue la gran triunfadora de los Oscar. Por eso Pablo Berger, su director, lo tendrá difícil para repetir con una segunda propuesta similar. Se ha prescindido del diálogo, y se han insertado rótulos y sonidos emitidos por determinados objetos, como sucedía en su predecesora. Demasiadas coincidencias para despertar interés. Berger alega que su proyecto ha ido madurando durante ocho años, y que por poco no ha sido el primero en innovar con lo viejo.

Berger traslada y adapta el famoso cuento de los hermanos Grimm a la España cañí, la de charanga y pandereta, de Frascuelo y de María. Construye una farsa sobre una perversa enfermera con dotes de dominatrix (estupenda Maribel Verdú) que desposa a un torero viudo e inválido, a quien somete a todo tipo de humillaciones. Es así que el matador pasa de esquivar los cuernos a llevarlos puestos. El torero tiene una hija pequeña, Carmencita, que crece en un sótano del palacete con un simpático gallo como único amigo. Cuando la niña crece y se convierte en una jovencita, huye al bosque y es acogida por una compañía ambulante de enanos que se dedican a torear vaquillas. De casta le viene al galgo: la niña toma la muleta y empieza a destacar en el coso.

 

Blancanieves (2012) de Pablo Berger

 

La farsa podría haberla firmado muy bien el Blasco Ibáñez de Sangre y arena. Los primeros veinte minutos de película saben a perfecta españolada (es decir, ‘acción, espectáculo u obra literaria que exagera el carácter español’, DRAE). El torero enfrentado a seis toros bravos, las peinetas en los tendidos, la esposa encinta y entregada a la lid. Claro que, por otra parte y según se mire, ¿hay algo más universal que un ruedo?

 

Mejora la cinta cuando la niña es conducida a la finca de su padre, tras morir madre y abuela. Aquel es el territorio de la madrastra, y puede obrar con lo suyo a su placer. La pequeña descubre a un padre a quien nunca había conocido. Leen cuentos juntos y ríen ocurrencias y gracias. Carmencita trabaja como si fuera Cenicienta: limpiando, acarreando baldes, etc. El torero está baldado y no sale de su habitación. La madrastra goza con la disciplina inglesa a que somete al chófer, su amante. Cuando muere el padre, todos se hacen fotografías con el difunto, como en un escaparate esperpéntico. El toque cómico llega de los enanitos, con sus martes de carnaval.

 

Blancanieves (2012) de Pablo Berger

 

El final de la cinta (que omitimos) es un guiño a La parada de los monstruos (1932), de Tod Browning.

 

Nos preguntamos: ¿hacía falta un experimento así para contar una historia tan rancia? Los franceses construyeron The Artist en clave de tragicomedia, con Hollywood como tema, y resaltando la simpatía risueña de la pareja protagonista. Además, cerraba el show un muy esmerado baile. The Artist atrapa, gusta porque es bonita (funciona bien el cóctel entre Cantando bajo la lluvia y Ha nacido una estrella). Es un musical sin música. De Blancanieves (2012) solo quedará el recuerdo de Maribel Verdú y su segura mímica –áspera o complaciente-- en las distancias cortas.

 

 

Para leer más artículos de Antonio Ángel Usábe en Nocturnos Cantos Ruanos, su página cultural, y en Contraplano, su blog dedicado al cine.

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