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El fraude de Nicholas Jarecki. La otra cara del filántropo

El fraude de Nicholas Jarecki. La otra cara del filántropo

El fraude de Nicholas Jarecki, dura hora y tres cuartos que pasan rápido, sin sentirse. Supone una de las pocas buenas interpretaciones de Richard Gere, un actor-pastel de limitados registros.

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Se acaba de estrenar en España El fraude (2012), con guion y dirección de Nicholas Jarecki, un joven realizador especializado, de momento, en el documental (The Outsider, 2005) y en vídeos musicales y publicitarios. El título original del filme es Arbitrage, que según el diccionario Webster es una compra-venta simultánea en dos mercados financieros diferentes con ánimo de lucro por la distinta valoración del producto en cada uno. En su segunda acepción, añade el diccionario, es la compra de múltiples paquetes de una corporación para comerciar con ellos y obtener un beneficio antes de una fusión o de una oferta pública de adquisición. Al tema de fondo de esta película le va mejor lo primero, aunque también tenga implicaciones en lo segundo. Robert Miller (Richard Gere) es un tiburón que vende la piel del oso antes de cazarlo. A menudo, las operaciones hechas de humo y aire le han salido bien y le han convertido en multimillonario. Esta vez, se ha aliado con los magnates rusos y ha colocado ingentes cantidades de mineral de cobre en USA sin que se haya extraído todavía ni un solo gramo. Sus hijos trabajan con él, pero llevan venda y desconocen esta maniobra. Sin embargo, no estamos ante una cinta sobre los entresijos de la bolsa y el mercado de valores, como era la mítica Wall Street (1987) de Oliver Stone, sino ante un drama familiar que utiliza el dinero y sus trampas como MacGuffin, es decir, excusa para crear acción, emotividad e intriga.

 

Susan Sarandon y Richard Gere en El fraude de Nicholas Jarecki

 

El fraude dura hora y tres cuartos que pasan rápido, sin sentirse. Supone una de las pocas buenas interpretaciones de Richard Gere, un actor-pastel de limitados registros, idóneo para romanticismos acaramelados como Pretty Woman.  Aquí está verdaderamente convincente en el rol de magnate interesado en el negocio. Como a Robert le sobra el dinero, se dedica a abrir fundaciones junto a su esposa Ellen (Susan Sarandon, prácticamente de ingógnito) y a promocionar a jóvenes artistas (si es posible mujeres y con donosos atributos). Una de esas beneficiarias, Julie Cote (Laetitia Casta), se convierte en su amante y a la par en la perdición de Miller cuando acontece un hecho fatal que amenaza con poner sobre el tapete su doble vida. Todo el metraje desarrolla los denodados esfuerzos de Robert para que la red de mentiras de su vida privada no le arruine el negocio. Por si fuera poco, ha jugado con cuatrocientos millones de dólares que no eran suyos y está a punto de cerrar un acuerdo vital. Robert necesita una tapadera y acude a Jimmy Grant (espléndido y natural Nate Parker), un delincuente de color de poca monta a cuyo padre ayudó Miller en otros tiempos. Pero la tramoya se complica más de lo esperado cuando la policía aprieta las clavijas a Jimmy, amañando incluso una evidencia definitiva contra él. Es evidente que van por Miller y no quieren desperdiciar la mordida. Robert mueve a toda su corte de abogados mientras no pierde de vista la importantísima operación que hay que cerrar cuanto antes. Su hija Brooke –una bellísima Brit Marling, plenamente metida en su personaje—descubre el desfalco de dinero; cae la venda: la imagen idealizada de un padre bueno, honrado y sincero se desmorona en un pispás. La esposa, que no es tonta del todo, percibe el progresivo distanciamiento de Robert, tanto de ella como de su familia, y toma cartas en el asunto justo al final del metraje.

 

Brit Marling y Richard Gere de espaldas

 

El fraude es un buen entretenimiento, con un ritmo y una dinámica muy bien conseguidos, una película que se ve con mucho deleite y satisfacción. Pero no es una gran película. No aporta nada novedoso que no se sepa y se haya utilizado ya sobre el mundo corrupto y amoral de los negocios de envergadura. Si acaso muestra el lado débil de un hombre que tiene mucho más que perder que los demás, dada su posición. No solo puede perder a su mujer y a su familia, sino también toda su fortuna. Como estamos en una sociedad norteamericana, moralista y mayoritariamente protestante, el pecado se paga caro. No existe disculpa para el transgresor. El filme de Jarecki es subsidiario, además, de tramas similares anteriores, como la de la endeble Poder absoluto (Absolute Power, 1997), de un Clint Eastwood en horas bajas.

 

 

Para leer más artículos de Antonio Ángel Usábe en Nocturnos Cantos Ruanos, su página cultural, y en Contraplano, su blog dedicado al cine.

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