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ABRAHAM STOKER, HACE CIEN AÑOS

ABRAHAM STOKER, HACE CIEN AÑOS

Ángel Antonio Usábel, recuerda a Abraham Stoker, creador de Drácula (1897)Stoker murió hace cien años, el 20 de abril de 1912, sin saber que su obra sería germen de un género cinematográfico.

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La fecha del 20 de abril de este año parece haber pasado inadvertida como efemérides, pero señala los cien años de la muerte del autor de la mítica Drácula (1897). Abraham –o Bram, como le conocieron de niño—Stoker murió de infarto cerebral asociado a sífilis un 20 de abril de 1912. Vamos a hablar de un escritor tan envuelto en las brumas de leyenda como su terrible y malévola creación.

 

Christopher Lee

 

Abraham Stoker fue un niño privado de salud. Nació el 8 de noviembre de 1847 en Clontarf (Irlanda). Hijo de médico y de una intelectual feminista, Charlotte Mathilda Thornley, Bram ocupaba el tercer puesto entre siete hermanos. La familia era protestante. Así pues, sobre todo por las ideas revolucionarias de su madre, se puede decir que Bram creció rodeado de personas que rechazaban la posición que la sociedad les había otorgado, bien por sexo o por parentela. La figura de una madre dominante, que le contaba historias de terror relacionadas con una epidemia de cólera de la que ella misma había escapado, perfiló la inestable personalidad del futuro escritor. E influyó, sin duda, en su homosexualidad latente, así como en su interés por el vampiro, el espectro que no descansa para dar rienda suelta a sus instintos reprimidos. Los vampiros parten de la tradición del muerto infeliz, del alma en pena, combinada con el aliciente erótico de la sangre como portadora de vida. El padre de Bram lo sometía a periódicas sangrías, calculadas para purificar su cuerpo. El progenitor-macho arrebataba la sangre de su retoño, es decir, lo iba castrando lentamente. Mademoiselle de Lespinasse alcanzó a vislumbrar el problema solo de forma parcial al insinuar que “tal vez, el hombre no sea otra cosa que el monstruo de la mujer, y la mujer, el monstruo del hombre”. ¿Y si todos –hombres y mujeres-- son las bestias de todos, en una comunión orgiástica? Recordemos que la sociedad victoriana, en la que se educó Stoker, cultivaba una hipócrita pulcritud, bajo la cual se proscribía todo lo relacionado con los atributos masculinos y femeninos. Como cierta compensación, se permitía practicar en privado la “disciplina inglesa” y la barbarie de la violación pagada de jovencitas en los prostíbulos. El vampiro masculino suponía una aberrante amenaza para las señoritas decentes, del mismo modo que la vampira mancillaba el dormitorio del muchacho formal. El cristianismo había dictado unas férreas normas, contrarias al gozo sensual, y opuestas desde luego a la cultura pagana. Lo entendió muy bien Goethe al escribir La novia de Corinto (1797), donde la joven virgen insatisfecha vuelve de la tumba para yacer con el amado. No hace más que reclamar lo que es suyo, como si no alcanzara a entrar en la eternidad sin haber probado el sexo. Tomándolo cómicamente, y como dijo aquel, “si un fantasma hiciere el amor con un mortal, volverá al polvo, si el polvo llega hasta el final”.

 

Entrevista con el vampiro Brad Pitt y Tom Cruise

 

La noche, las tinieblas, son las aliadas del crimen. El doctor Jeckyll se transforma en Mr. Hyde con nocturnidad y alevosía. El vampiro decimonónico solo puede salir de noche. Sus travesuras resultan demasiado inconcebibles a plena luz del sol. Como anota Jesús Palacios (Nosotros los vampiros, Oberon, 2002), “El vampiro es un dios pagano. Un moderno y trágico Dionisos, creado a imagen y semejanza de la gente de la noche para protegerla, guiarla y sostenerla en su paradójica existencia. Y la gente de la noche le nutre con su adoración, su fidelidad y hasta con sus propias vidas”. Acaso Stoker, al perfilar a Drácula, estuviera retratando la figura del demonio extraviado, obseso con el deleite y el placer sin freno. La degeneración en el plano opuesto a la virtud.

 

Pero volvamos a la dudosa biografía de nuestro autor. El deporte terminó por fortalecer al débil retoño. Inscrito en el elitista Trinity College de Dublín en 1864, estudió Ciencias y Matemáticas. Pero él, en realidad, tenía vocación de escritor, periodista y crítico literario. No había estreno del Royal Theatre que dejara escapar. Tenía puestos sus sueños en ese mundo de mentira, como si su vida entera también lo fuese. En 1867, Bram asistió a una representación de The Rivals, al cuidado de un actor de mirada dura e hipnótica, Henry Irving. Poco sabía él que el destino le tenía deparado unir su vida y su alma a tan extraño amo de la escena. En efecto, en 1870 volvió a verlo en Two Roses. Al año siguiente, Stoker se decidió a enviar su primer artículo a un periódico, el Dublin Evening Mail. Al mismo tiempo, ideó una serie de obritas teatrales breves que fue publicando donde pudo. En esa época, además, se topó con una novelita que haría estragos en sus ilusiones: el drama de horror lésbico Carmilla (1872), de su compatriota Sheridan Le Fanu. En ella se atrinchera la máxima pertinente de que “el amor es siempre egoísta; cuanto más apasionado, más egoísta”.

 

 El actor Henry Irving

 

Corría el invierno de 1876, cuando a Stoker se le ocurrió visitar una vez más el particular paraíso de Henry Irving. Reponía Hamlet, y Bram aduló de tal modo el buen hacer del divo que este lo llamó a su lado y le contrató como representante y secretario. El flechazo entre los dos había nacido. Una relación nada fácil, sino tormentosa y contradictoria. El carácter de Irving era cruel, temperamental y posesivo. Trataba a Bram como si fuera de su pertenencia. Hay quien ve en el actor un preludio manifiesto del tiránico conde rumano. La relación sadomasoquista alimentada por ambos se transfiguraba de maravilla en los relatos de muertos vivientes: la criatura que seduce con la fuerza magnética de la mirada, y que posee a la víctima hasta consumirla y dotarla después de idéntico egoísmo. Como el hombre-lobo, el vampiro ataca y destruye a los que más quiere. Es la segunda mantis religiosa.

 

En el círculo de amigos de actor y secretario se movía un excéntrico individuo, Eric Magnus Andreas Stanislaus von Stenbock, conde de Stenbock (1859-1895), autor de La verdadera historia de un vampiro (1894), donde un conde chupasangre seduce y asesina a un hombre. Las inclinaciones homoeróticas resultan evidentes. Además, del tal Stenbock se decía que dormía de día, que paseaba de noche ataviado con una capa larga oscura, que alumbraba su mansión londinense con velas negras y recibía a las visitas tendido en un ataúd. ¡Que ni pintado para el Conde Drácula!

 

Dracula actor Bela Lugosi

 

La idea de escribir una gran historia de vampiros es, no obstante, anterior. En 1890, durante una corta estancia de reposo en Whitby (Yorkshire), Stoker, aquejado de gota, tuvo el sueño de una noche de verano. Había leído un texto de William Wilkinson sobre leyendas y supersticiones de Transilvania, y le poseyó una espantosa pesadilla. Al día siguiente comenzó a tomar las primeras notas para su relato. Entre otros detalles, decidió el nombre de su criatura, Drácula, que Wilkinson señalaba que quiere decir ‘demonio’ en valaco. Gracias a un hermano militar que había visitado la región de Transilvania, Bram contaba con descripciones válidas de aquella zona, y convirtió a su héroe en un príncipe voivoda transilvano. Stoker se entrevistó con el orientalista Richard Burton, quien le habló de ciertas tradiciones árabes, indias y persas, y con el profesor universitario húngaro Arminius Vambéry, quien le puso tras la pista de Vlad Tepes, el Empalador. De Vlad apenas llegó a conocer Stoker, sin embargo, una mínima parte de su historia real. El Museo Británico había recibido una partida de panfletos políticos alemanes de finales del siglo XV, donde se llama a Vlad tirano y wutrich, ‘mostruo sediento de sangre’. De la escritora Emily Gerard, esposa de un oficial de caballería húngaro,  le llegaron también Supersticiones de Transilvania (1885) y La tierra más allá del bosque: hechos, figuras y fantasías de Transilvania (1886). En estas obras se alude novedosamente al nosferatu, o sea, al no-muerto. La literatura vampírica había proliferado durante todo el XIX: El vampiro (1819), del doctor Polidori;  La bella dama sin misericordia (1819), poema medieval recuperado por Keats; Infernalia (antología de relatos, 1822), de Nodier; La vampira o la virgen de Hungría (1825), de Lamothe-Langon; Vampirismus (1828), de Hoffmann; Berenice (1835), de Poe; La muerta enamorada (1836), de Gautier; La familia del vurdalak (1847), de Alexei K. Tolstoi (primo del eminente novelista); dos poemas de Baudelaire de 1857: El vampiro y Las metamorfosis del vampiro; La vampira (1865), de Paul Féval; Manor (1884), de Karl H. Ulrichs, nuevamente con la homosexualidad como fondo; y El castillo de los Cárpatos (1892), de Julio Verne. Pero, sin duda, por su erotismo y desvergüenza, es Carmilla, de Le Fanu, el más poderoso influjo literario sobre Stoker. Hubo, por añadidura, una novela publicada en 1887 que también pudo servir de estímulo a la hora de transgredir las barreras del tiempo y encontrar al amado o a la amada en el futuro. Nos referimos a Ella (She), de Henry Rider Haggard.

 

Dracula Francis Ford Coppola

 

Cuando Bram publica su Drácula en 1897, se convierte en un éxito fulgurante. Su amigo Oscar Wilde la entiende como “la novela de terror mejor escrita de todos los tiempos”. Realmente, es una obra maestra estilísticamente hablando. Percibimos la amenaza de Drácula de manera indirecta, velada más que revelada, a través de cartas y fragmentos de diario que distintos personajes escriben. La verdad no nos llega íntegra, sino subjetiva y parcial, atenazando y poniendo a prueba nuestra paciencia como lectores. Quien haya leído las relaciones de la rebelión de Lope de Aguirre, el tirano, contra Felipe II, habrá experimentado una impresión de parcialidad parecida. La acción la vamos construyendo y ensamblando nosotros, en nuestra mente. Stoker consigue con ello dilatar y extender la tensión. Drácula es una novela de lectura obligada e imprescindible, una de las mejores ficciones de todos los tiempos. No puede faltar en ninguna biblioteca.

 

Florence Balcome (novia de Wilde y esposa de Stoker

 

Drácula está levemente mutilada. Los editores la publicaron sin el capítulo inicial, El invitado de Drácula, que después apareció como relato autónomo en una recopilación póstuma de historias breves (1914).

 

De Wilde, además de buenas críticas, recibe Bram también la novia, Florence Balcome, una joven con tan solo diecisiete primaveras. La desposa antes de marchar de Dublin para Londres, donde Stoker iba a ser gerente del mejor escenario, el Lyceum. Propiedad de su protector Irving, Bram lo embelleció al máximo. En su gira con Irving por Norteamérica, Bram se entrevistó con el poeta homosexual Walt Whitman, con quien mantendría luego un fluido epistolario. Los escarceos poco viriles de Stoker perjudicaban su relación con Florence. Tal era el vasallaje que debía a Irving, que puso a su hijo como primer nombre el apellido del jefe. El chico, Irving Noel Thornley Stoker, se lo cambiaría a la mayoría de edad. Se dice que Stoker ingresó hacia 1889 en una sociedad secreta, la Hermetic Order of the Golden Dawn (Orden Hermética del Alba Dorada), que iniciaba en la alquimia y en lo esotérico a un público intelectual. No hay nada probado al respecto. En dicha secta (que se disolvió en 1901) se practicaba el “vampirismo psíquico”, es decir, la dominación a distancia de las personas, y algo de esto hay, en efecto, en la posesión telepática de Mina Murray por el conde.

 

 El actor Henry Irving y Bram Stoker tomando un coche

 

Florence, esposa insatisfecha y descuidada, se distancia cada vez más de Bram, y toma de amante al dramaturgo W. S. Gilbert. Un hecho luctuoso trunca la relativa estabilidad directiva de Stoker: el teatro Lyceum se quema, e Irving decide vender el solar. Discute acaloradamente con Bram y lo despide. Stoker se ve solo y sin empleo de la noche a la mañana. Atrás quedaron las interminables giras por Europa, los lujosos salones y hoteles. En 1906, despechado con su antiguo ídolo y mecenas, Bram publica su experiencia con él, Reminiscencias personales de Henry Irving. Continúa publicando novelas de intriga y terror, como Los misterios del mar (1902), La joya de las siete estrellas (1904), La dama del sudario (1909) y La guarida del gusano blanco (1911), pero ninguna alcanza ni de lejos la calidad y el éxito de Drácula. Fue cronista y periodista de The Daily Telegraph, mas llevó una vida vagabunda y descuidada en sus dos últimos años, durante los cuales sufrió varias parálisis cerebrales. Por la sífilis, estaba recibiendo tratamiento con arsénico. Se asegura que, en el delirio de la agonía definitiva, Stoker señalaba una esquina de la habitación y murmuraba Strigoi, es decir, ‘vampiro’ en rumano.

 

 

  

* Para saber más, consulta la siguiente Bibliografía: Drácula, un monstruo sin reflejo (colección de ensayos, Ed. Reino de Cordelia, 2012); Historia de los vampiros, de Edgard de Vasconcelos (Edimat, 2012); Vampiros. Bestiario de ultratumba, de Francisco Javier Arries (Ed. Planeta, 2007); Vampiros. De Vlad el Empalador a Lestat el Vampiro, de Anna Szigethy y Anne Graves (Ediciones Jaguar, 2004); Espectra. Descenso a las criptas de la literatura y el cine, de Pilar Pedraza (Ed. Valdemar, 2004); Sangre y rosas. Vampiros del siglo XIX (antología, prólogo de Jorge A. Sánchez, Ediciones Abraxas, 2003); prólogo a El vampiro (antología, Ediciones Siruela, 2001); Cuentos de vampiras (antología, prólogo de Roberto Cueto, Celeste Ediciones, 2001); Bram Stoker. A Biography of the Author of Dracula, de Barbara Belford (Alfred A. Knopf, Nueva York, 1996); A Dream of Dracula. In Search of the Living Dead, de Leonard Wolf (Little, Brown & Company, 1972).

 

*Antonio Ángel Usábe es Doctor en Literatura Hispanoamericana, especializado en novela histórica, por la Universidad Autónima de Madrid, profesor agregado de I.E.S. en la Comunidad de Madrid. Para leer más artículos del autor en Cultura.Travelarte. Cine y Libros o Nocturnos Cantos Ruanos, su página cultural, y en Contraplano, su blog dedicado al cine.

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