Cultura

josé-luis-muñoz Por José Luis Muñoz

21 de noviembre de 2012

HOLY MOTORS (2012), de Leos Carax

HOLY MOTORS (2012), de Leos Carax

Olvidada en el festival de Cannes, y multipremiada en el último Sitges, la última película de Carax es un ejemplo de cine experimental, valiente y creativo que se mira en las películas de Jean Cocteau, Luis Buñuel o Georges Franju

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Cuando se ha visto mucho cine resulta muy difícil que una película te sorprenda. La originalidad temática y narrativa es un plus que suelen tener los jóvenes narradores que van perdiendo a medida que maduran y ese radicalismo de juventud se adocena, lo que no siempre es malo per se (el inquieto Polanski de Repulsión nos ofreció muchos años más tarde una canónica obra maestra como Chinatown). Hay excepciones, claro, tipos como Jean Luc Godard, que sigue como francotirador irredento y con esa pátina se irá a la tumba (como por cierto lo hizo el director luso José María Nunes en España, un nombre del que no conviene olvidarse pese a que ya se haya reunido con Billy Wilder); el norteamericano David Lynch, que enmudeció tras su indescifrable Inland Empire; el ruso Alexander Sukorov y sus películas grotescas; o el italiano Carmelo Bene, por poner ejemplos de directores que han seguido indagando con su cine libérrimo las fronteras de la creación sin importarles en demasía el espectador de su producto, a quien no se lo han puesto fácil.

 

Leos Carax es uno de esos raros especímenes, un poeta que hace del exceso su seña de identidad y cuyo cine, protagonizado casi siempre por seres deformes (cojos, tuertos, sucios y con aspecto de vagabundos, físicamente repelentes), o decididamente monstruosos, entra de lleno en el surrealismo y lo grotesco.

 

HOLY MOTORS (2012), de Leos Carax

 

Una limusina blanca (coincidencia casual de vehículo narrativo con Cosmópolis de David Cronemberg, que se cierra con un plano casi idéntico: los mastodónticos coches van a dormir a un inmenso garaje, neoyorquino en el caso de la adaptación de la novela de Don DeLillo, parisino en el film de Carax y en donde, además, hablan entre ellos) es el improvisado camerino en el que se desplaza Monsieur Oscar (Dennis Lavant), conducido por la elegante choferesa Celine (Edith Scob, la protagonista de Ojos sin rostro de Franju, al que Carax homenajea en una serie de secuencias fantasmagóricas de cementerios neblinosos). En sus sucesivas paradas, el señor Oscar, que sale de una acomodada mansión por la mañana despidiéndose de sus hijos mientras despunta el sol en una idílica urbanización vigilada por guardias armados, pide limosna en la calle en forma de andrajosa y jorobada mendiga de manual; es un padre que reprende a su timorata hija por no haber sido la estrella de una fiesta infantil; baila en un enorme hangar oscuro con una sensual danzarina cubierta de pies a cabeza con un ajustado vestido de cuero rojo (una de las secuencias más bellas del film); interpreta al director de una orquesta de acordeonistas que atruena con su música las naves de una iglesia; asesina a un hombre y se convierte en su doble exacto, herida en la garganta incluida; secuestra, metamorfoseado en La Bestia, a La Bella Kay M (Eva Mendes, un cuerpo sin palabra) y se la lleva a su reino subterráneo de cloacas; no puede evitar el suicidio de su amor Eva Grace (Kylie Minogue), al lado del Pont Neuf (escenario de su más celebrada película: Los amantes del Pont-Neuf); dispara contra un banquero, que es él mismo, en una terraza de les Champ Elisées; visita a su feliz familia simiesca…

 

Denis Lavant (rostro y cuerpos vapuleados por la vida), actor fetiche de Leos Carax (que se reserva protagonizar una de las secuencias más bellas de la película, el introito inicial en el que cruza la pared de su dormitorio y desemboca en una sala de cine por cuyo pasillo baja un gigantesco perro, entre espectadores hopperianos, y en cuya pantalla se proyecta un trasatlántico felliniano, que parece sacado de E la nave va, pero que en realidad es la casa barco del señor Oscar), protagoniza todas estas historias que tienen su inicio y final en esa limusina fantasma que se desliza por la ciudad de la luz desde la mañana a la noche. Reflexiona Carax, en esta road movie inclasificable, y a ratos árida, sobre el cine (en un momento Oscar pregunta al hombre con la mancha de nacimiento, interpretado por Michel Piccoli, dónde están las cámaras, consciente de que está interpretando y las necesita) y sobre las múltiples transformaciones físicas (Lavant, en su camerino ambulante, se pega y despega a placer pelucas, trozos de piel, narices, uñas largas de nosferatu murniano, dientes ennegrecidos, cabellos sucios…) y psíquicas de los actores y el sentido de la actuación: ¿No es la vida, en si misma, una larga comedia y todos en ella interpretamos diversos papeles e, incluso, nos transformamos físicamente hasta convertirnos en caricaturas grotescas de los que fuimos?

 

Visceral, provocativo, reivindicativo del primitivismo en el cine, cuando éste era barraca de feria y silente (Oscar, en su caracterización de La Bestia, cruza el cementerio Pere Lachaise devorando las flores de las tumbas que encuentra a su paso mientras corre cojeando con una chaqueta puesta sobre su torso desnudo cual Charles Chaplin), Holy Motors es un delirio visual, muchas películas en una, una compilación de casi todos los géneros cinematográficos, que, por momentos, carga o hipnotiza, con tramos tan sublimes (la danza erótica ya mencionada, captada con el sistema digital de motion capture, la modernidad en el cine frente a los fragmentos cronofotográficos que de cuando en cuando inserta; el introito) como abismales (cuando los actores se ponen a cantar, por ejemplo, chirría considerablemente).

 

HOLY MOTORS (2012), de Leos Carax

 

Olvidada en el festival de Cannes, y multipremiada en el último Sitges, la última película de Carax es un ejemplo de cine experimental, valiente y creativo que se mira en las películas de Jean Cocteau, Luis Buñuel o Georges Franju, aunque sin superar, en ninguno de sus momentos, a sus geniales maestros inspiradores que eran mucho más divertidos y transgresores de lo que quiere ser el director de Mala sangre.

 

*José Luis Muñoz es escritor. Sus últimos libros publicados son Marea de sangre (Erein 2011) de La Frontera Sur (Almuzara, 2010), Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011), Muerte por muerte (Bicho Ediciones 2011) Patpong Road (La Página Ediciones, 2012) y Bellabestia (Sigueleyendo.com 2012)

 

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