Cultura

concepcion-muñoz-llorca Por Concepcion Muñoz Llorca

03 de diciembre de 2012

LA VIDA NO LES DIO PARA MAS

LA VIDA NO LES DIO PARA MAS

Concepción Muñoz Llorca: Aunque lo más fácil es que se me califique de elitista o pijaprogre, creo que tengo derecho a ser selectiva, y prefiero dedicar mis elogios a un cineasta como Jose Luis Borau que a Tony Leblanc.

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En las últimas semanas hemos sabido que Tony Leblanc, archiconocido actor de la España franquista, ha fallecido a los 90 años. Antes de trabajar en el cine, fue boxeador, futbolista, bailarín de claqué o “boy” de Celia Gámez, pero empezó a ser conocido en el teatro con “Te espero en Eslava” . No  alcanzó el éxito hasta finales de los 50, con películas como “El día de los enamorados” o “Los tramposos” (1959). Durante los 60 intervino y desarrolló diversos espectáculos para teatro y televisión, sin demasiado éxito, y en 1970 se retiró a disfrutar junto a su mujer Isabel de una suponemos que considerable fortuna, pero un gravísimo accidente de tráfico ocurrido en 1983 le dejó incapacitado y literalmente desapareció del mapa. Recuperado en 1998 por el también popular Santiago Segura, responsable de esa saga de películas cuyo protagonista principal, Torrente, emula en mal gusto, chabacanería e ignorancia a algunos de los personajes que protagonizó en sus tiempos de  gloria el inefable Tony, emprendió una segunda etapa en su carrera que le proporcionó de nuevo fama y dinero y alcanzó una popularidad entre las nuevas generaciones que increíblemente hoy en día disfrutan con ese tipo de cine. La vida no le dio para más.  

 

El tratamiento que ha merecido la noticia en los medios de comunicación ha despertado en mí la necesidad de exponer un punto de vista crítico, que estoy segura muchas personas comparten. Supongo que a nadie le gusta hablar mal de los muertos, se considera de mal gusto, pero a Tony Leblanc se le han dedicado tantos obituarios elogiosos y tantos reportajes televisivos y periodísticos (incluso en el Hola), con comentarios halagüeños de periodistas, críticos de cine y compañeros de profesión que no he podido menos que recordar el fallecimiento también esta misma semana de José Luis Borau, un cineasta distinto, autor de la frase del título.

 

tony leblanc concha velasco

 

Es absurdo, lo sé, pero en ocasiones tengo la sensación de revivir ciertas pesadillas de mi juventud cuando, finalizada ya la posguerra, uno no podía vislumbrar el menor destello de luz en un país cuya sociedad estaba compuesta por vencedores y vencidos, imperando, cómo no, las consignas de los primeros. Al fútbol, los toros y la copla, se unió el mundo del cine (salvo honrosas excepciones) que expandió con facilidad la idea de que el humor español tradicional, sainetero y caricaturesco, poblado de chulescos personajes de ínfima cultura e infinita ignorancia, eran la representación más extendida de la sociedad española. Se confería así a los vencidos un  protagonismo que mitigaba la miseria y la escasez de sus vidas.

 

Las películas de Tony Leblanc, con historias en las que abundaban el timo, el chiste fácil, la chabacanería y el mal gusto, obtuvieron sin dificultad el favor de un público que sólo deseaba sobrevivir y volver a reírse de las mismas cosas que “antes”, pero los nacidos después de la guerra, ya procedieran de familias de uno u otro bando, buscábamos con la intuición propia de la juventud algo distinto, algo que no remitiera, como todo los que nos rodeaba, a la reciente guerra y también algo que nos uniera al resto del mundo, del que España parecía totalmente aislada.  Los directores de “izquierdas” trataron de burlar la censura a base de metáforas, sarcasmos o descarado cinismo, pero eso no convertía el panorama en algo alentador. Algunos actores de los 50 y los 60 (López Vazquez, Alfredo Landa),  intervinieron en cuanto pudieron en algunas de esas películas y siguieron más tarde una trayectoria que trataba de demostrar una anteriormente oculta ideología contraria al régimen, pero no era el caso de Tony Leblanc, que presumía de haber sido “el único actor que Franco metió en la cárcel (?)”. Ese “actor sublime” (ABC Noviembre 2012), el galán cómico por excelencia que conquistó “El día de los enamorados” a la entonces púdica Conchita Velasco, el “Tigre de Chamberí”, honesto boxeador de pacotilla, el ínclito miembro del club de “los Tramposos”, nunca enmendó su declarado orgullo de representar “lo español” encarnado en personajes de golfo, bribón, buscón o “espabilao”, siguiendo lo que al parecer algunos recalcitrantes nostálgicos aún consideran lo mejor de la tradición literaria y teatral española.

 

tony leblanc

 

Podría considerarse con indulgencia que, el que fuera botones, ascensorista, boxeador, futbolista o campeón de claqué, ejerciera estos oficios para sobrevivir en tiempos difíciles, pero el éxito, el dinero y la fama que el cine le proporcionó no parece que cambiaran ni su ideología ni su manera de ver el mundo del espectáculo, y en 1970, tras algunos fracasos en teatro y televisión, se retiró. Lo que sí cambió su vida fue el gravísimo accidente de tráfico que sufrió en 1983, que le dejó en silla de ruedas y le apartó, parecía que para siempre, de la vida pública, pero su resurgimiento de la mano de Santiago Segura le proporcionó nuevos bríos que le permitieron aprovechar esta segunda oportunidad que la vida le brindaba.

 

Manifestó a menudo lo importante que era para él el cariño del público, y “que se lo había ganado a pulso”, y es comprensible, aunque algo sorprendente, que Concha Velasco, su pareja en tantas películas de la primera época, dijera a los periodistas que Tony “era lo más importante que me ha pasado en la vida. Le debo todo lo que soy”. Pero lo que merece un punto y aparte son las declaraciones de algunos políticos como Mariano Rajoy que le calificó como “una de las figuras más queridas del cine español”, o de Esperanza Aguirre ,que destacó “el honor” de haberle entregado la Gran Cruz de la Orden del 2 de Mayo. También el pueblo llano, en boca de una vecina de Villaviciosa de Odón, donde residía desde hacía muchos años, aclaró: “era una persona como cualquier otra, muy normal, amable y cariñosa”, menos mal, aunque me consta que algunos compañeros de la serie “Cuéntame”, en la que interpretó el personaje de Cervan, el quiosquero del barrio, aseguran que su trato con los técnicos no era, ni mucho menos, “cariñoso”, y que no desperdiciaba ocasión de “chupar plano” a los otros actores o de utilizar su maltrecho estado físico como excusa para traer de cabeza a todo el personal.

 

José Luis Borau

 

En fin, no menosprecio su trabajo como profesional, ni voy a entrar por respeto a su familia y allegados en si era o no una buena persona, pero reivindico el derecho de expresar una opinión que, como a dije al principio, comparten muchas otras personas del mundo del cine y fuera de él. Aunque lo más fácil sea que se me califique de elitista o pijaprogre, creo que tengo derecho a ser selectiva, y prefiero dedicar mis elogios a otros cineastas como Jose Luis Borau, ese aragonés, creativo e inteligente, que también nos ha dejado en estos días de Noviembre. Director, actor, guionista y productor, sólo unos pocos años más joven que Leblanc (nació en 1929), sorprendió a todos en con películas como “Crimen de Doble filo” (1965), “Hay que matar a B” (1974), “Furtivos” (Concha de Oro del Festival de San Sebastian 1975)  o  “La Sabina” (1979). Afortunadamente, en los últimos años, su talento fue unánimemente reconocido y fue elegido como Director de la Academia de las Artes Cinematográficas en 1994, ganó el Goya al Mejor director por su película “Leo” en el 2001, se le concedió el Premio Nacional de cinematografía en el 2002 y ocupó el Sillón B de la Real Academia Española de la Lengua en 2008. Estos y muchos otros premios y homenajes a este gran cineasta, autor del “Diccionario del Cine Español”, refuerzan mi “selectiva” opinión.

 

El 22 de Noviembre, un día antes de su fallecimiento,   la editorial Pigmalion, en su colección Lumière  presentó un libro de Bernardo Sánchez Salas con un aciago título “Borau. La vida no da para más”. Contradictoriamente, esta frase que utilizaba a menudo el propio Borau, nunca le impidió embarcarse en nuevas aventuras.

 

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