Cultura

josé-luis-muñoz Por José Luis Muñoz

31 de diciembre de 2012

EL TIEMPO NO PASA PARA LAWRENCE DE ARABIA

EL TIEMPO NO PASA PARA LAWRENCE DE ARABIA

José Luis Muñoz en el último artículo de 2012, quiere recordar Lawrence de Arabia, de David Lean  que el pasado 4 de Octubre, y con motivo de su 50 aniversario, se reestrenó en USA una versión restaurada y con un metraje de 227 minutos

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Hace diez lustros que se rodó Lawrence de Arabia y parece que nos hayamos olvidado de esta obra capital del Séptimo Arte, quizá porque coincidió con el cincuenta aniversario de James Bond. El tiempo pasa factura para nosotros (más arrugas, más dolores de huesos, muchas menos neuronas) pero no para las verdaderas obras maestras, y la película de David Lean, qué duda cabe, merece destacar dentro de esa lista de filmes privilegiados que nunca envejecen y que con los años van acumulando méritos.

 

Tuvo la desgracia David Lean, un director minucioso que nos dejó escasas películas precisamente por lo muy en serio que se tomaba su trabajo, de rodar sus últimas películas en tiempos convulsos de cambios sociales en una Europa que despertaba del marasmo de la postguerra y atisbaba la playa debajo de los adoquines. Hoy no hay playa, sí adoquines. Por eso buena parte de su producción pasó desapercibida, o no fue suficientemente valorada, por una juventud rabiosa de cambios y que abrazaba todas las vanguardias. El tiempo, por suerte, pone a cada uno en su lugar, y muchos de aquellos realizadores experimentalistas que se desmelenaron fueron a engrosar el pelotón de los olvidados mientras el cine clásico, sereno, académico e infinitamente bello e intenso de David Lean sigue teniendo una vigencia absoluta.

 

Peter O’Toole Lawrence de Arabia

 

Podría parecer Lean un director romántico. Así lo atestiguan Breve encuentro, rodada en blanco y negro y con un extraordinario Trevor Howard de protagonista; Doctor Zhivago, la lujosa epopeya romántica de Boris Pasternak en tiempos de la revolución rusa; La hija de Ryan, una de las historias de amor más conmovedoras jamás filmadas y en donde hasta el aire se percibe en ese rincón de la costa irlandesa convulso por la lucha entre británicos y militantes del IRA; o incluso la adaptación de la novela de E. M. Foster, Pasaje a la India, que fue su penúltima película. En la revolución rusa, en la lucha de Irlanda por su independencia, David Lean desviaba el tiro y se acercaba a los dramas personales y sentimentales de sus protagonistas, a sus revoluciones particulares que implosionaban en sus corazones.

 

Lawrence de Arabia fue un hito en su carrera que rodó inmediatamente después de El puente sobre el río Kwai. En este film épico, biopic hagiográfico de un militar británico atípico e intelectual que nos dejó una obra compleja escrita, Los siete pilares de la sabiduría, no había historia romántica debajo, ni salía en todo su larguísimo largometraje una sola silueta femenina: Lawrence, y el propio Lean, eran homosexuales.

 

Peter O’Toole y Anthony Quinn en Lawrence de Arabia

Peter O’Toole y Anthony Quinn

 

Rodada buena parte de ella en España, cuando éramos, por nuestra miserable situación económica, plató del cine espectáculo que se hacía en todo el mundo (la película se rodó en Sevilla, el desierto de Tabernas, Almería, Cabo de Gata y en el desierto de Jordania), Lawrence de Arabia retrataba la personalidad atormentada de un británico mesiánico obsesionado por unir todas las tribus árabes contra los turcos. Para fortuna de los intereses de Israel, EE.UU y el propio Reino Unido, el ideal de Lawrence fue convenientemente torpedeado y lo que reina en el mundo árabe del norte de África y Asia es lo más parecido a un reino de taifas con sesudas divisiones fronterizas trazadas con tiralíneas sobre un desierto repleto de petróleo siguiendo el axioma de Divide y vencerás.

 

No tiene que ser muy fácil para las nuevas generaciones de espectadores, adocenadas por la simplicidad narrativa, el ritmo veloz y los cegadores efectos especiales, enfrentarse a un film tan denso y bello como Lawrence de Arabia cuyo metraje es casi tan inabarcable como el desierto que retrata. La película, con un reparto de lujo (Anthony Quinn, Alec Guinnes, Jack Hawkins, Anthony Quayle, José Ferrer, Arthur Kennedy y Fernando Sancho), fue la consagración de Peter O’Toole, casi desconocido por aquel entonces (algún papel protagónico en Los dientes del diablo, El robo al banco de Inglaterra), un actor grandioso (El león en invierno, Becket, La noche de los generales, Lord Jim, ¿Qué tal Pussycat?) cuya decadencia física caminó de la mano de la artística. En Lawrence de Arabia sus ojos azules, enloquecidos, eran los de un ángel vengador y resultaron aterradores cuando ordenaba la masacre, sin hacer prisioneros, del maltrecho ejército turco en desbandada.

 

Peter O’Toole y Omar Shariff  en Lawrence de Arabia

Peter O’Toole y Omar Shariff

 

Pero de todas las secuencias de este film épico, en donde el desierto es el otro gran protagonista, me quedo con una inolvidable, que me fascina una y otra vez cuando visiono el film: la aparición de Omar Shariff, un punto en el horizonte del desierto, que, lentamente, se transforma en beduino vestido de elegante negro a lomos de su camello en defensa del agua de su pozo, rodada en tiempo real, como la secuencia del duelo de Barry Lindon de Stanley Kubrick, otra obra capital del Séptimo Arte.

 

 Peter O’Toole en Lawrence de Arabia

Lawrence de Arabia, fue la consagración de Peter O’Toole, como actor.

 

 

*José Luis Muñoz es escritor. Sus últimos libros publicados son Marea de sangre (Erein 2011) de La Frontera Sur (Almuzara, 2010), Llueve sobre La Habana (La Página Ediciones, 2011), Muerte por muerte (Bicho Ediciones 2011) Patpong Road (La Página Ediciones, 2012) y Bellabestia (Sigueleyendo.com 2012)

 

 

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