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LINCOLN Y LOS PRINCIPIOS DE EUCLIDES

LINCOLN Y LOS PRINCIPIOS DE EUCLIDES

Antonio Ángel Usábel, hace una generosa alabanza a la película Lincoln de Spielberg. Sin embargo, su relieve histórico no está exento de controversia. El novelista Gore Vidal se encargó de desmitificarlo en su Lincoln de 1984. Los especialistas están divididos

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Steven Spielberg llevaba años acariciando la idea de dedicar una magistral película a Lincoln y su mayor logro: la abolición de la esclavitud. Llegó el momento de hacerla y en verdad ha conseguido materializar su sueño. Lincoln (2012) es ya probablemente el mejor largometraje del director tras La lista de Schindler (1993) y roza su brillantez y maestría.

 

A lo largo de dos horas y media, y merced a un guion ejemplarmente planificado por Tony Kushner, se nos detalla la peripecia del gabinete del décimo sexto presidente de Estados Unidos por conseguir en el Congreso los votos necesarios que permitan aprobar la décimo tercera enmienda a la Constitución. En la misma, se declara abolida la esclavitud, salvo en aquellos casos de castigo por un delito probado.

 

La medida había sido secundada ya por el Senado, pero Lincoln necesitaba el apoyo de la Cámara de Representantes. Estamos a comienzos de enero de 1865, cuando se llevan cuatro años de guerra y seiscientas mil almas han perecido por causa de esta (359.000 unionistas y 258.000 rebeldes). El presidente recibe presiones para pactar con el maltrecho Sur la paz, pero si lo hace antes de que la enmienda sea aprobada, corre el importante e insalvable riesgo de que los esclavos nunca sean manumitidos. Admitir de nuevo en la unión a los estados secesionistas, equivaldría a que estos votaran en contra de la medida. Era, pues, imprescindible conseguir el refrendo antes de alcanzar la reunificación del país.

 

Lincoln (2012) de Steven Spielberg

 

Lincoln y su secretario de estado, William Seward, ponen manos a la obra y empiezan a comprar votos de miembros del partido demócrata que garanticen una victoria mínima. La recompensa que se ofrece por votar a favor es un cargo en la nueva administración federal. Pocos se resisten a este envite. Aun así, el ala conservadora del partido republicano –aun siendo proclive a la tesis de la abolición—está más por un pacto de paz con los sudistas. Los radicales, por su parte, desconfían de las verdaderas convicciones de Lincoln. Cuatro millones de personas de color aguardan con impaciencia la decisión final del Congreso. Esta llega el 31 de enero de 1865. El 9 de abril de ese mismo año, el Sur, con Lee al frente, firma la rendición en el juzgado de Appomattox, y el 15 del mismo mes, Lincoln muere asesinado de un disparo en la cabeza.

La cinta de Spielberg es una sublime lección de cine histórico-didáctico. Idónea para convertirse en un clásico absoluto en todas las escuelas de Secundaria de Norteamérica. Aun cuando encariñado con el personaje central, el relato no suena a biopic convencional. Daniel Day-Lewis compone un Lincoln humano, irónico, afable, accesible, hermosamente natural, que se sobrepone a la caracterización y muestra el talento indiscutible de un buen actor. Un Lincoln muy alejado de los tópicos y de otras propuestas acartonadas y hieráticas a las que el cine nos tiene acostumbrados, incluida la menos forzada de Henry Fonda (El joven Lincoln, John Ford, 1939). El peso de esta película recae sobre sus hombros y sale victorioso del reto. Por su parte, Sally Field, en el papel de abnegada esposa del mandatario, hacía tiempo que no quedaba tan espléndida y convincente. Ha resultado una feliz elección esta pareja, pese a que él recogió el testigo de Liam Neeson y ella no era precisamente la preferida del realizador.

 

Lincoln (2012) de Steven Spielberg

 

Los secundarios están maravillosamente escogidos y la dirección artística es impecable (salones, maderas, mobiliario, despachos, alfombras, vestuario e iluminación se corresponden con los originales de la época). Lincoln es un filme muy bien calibrado: rodado y ensamblado con matemática perfecta.

 

Su argumento revela los oscuros entresijos de todo sistema político, incluido el orden democrático. El que algo quiere, algo le cuesta. Este Lincoln parte de los principios de los Elementos de Euclides, enunciados trescientos años antes de la era cristiana; en ellos, se apostaba ya por la igualdad: “Cosas iguales a una misma cosa son iguales entre sí”. No puede haber diferencia por el color de la piel. No puede vivir unida una nación, ni prosperar, si parte de sus miembros son esclavos. Además, algunos miembros radicales del Congreso eran parte interesada, pues vivían amancebados con criadas negras, como era el caso de Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones).

 

Lincoln (2012) de Steven Spielberg

Sally Field, en el papel de abnegada esposa del mandatario, hacía tiempo que no quedaba tan espléndida. 

 

La emancipación de los negros había sido tema de amplia discusión entre los padres de la nación federal norteamericana. Thomas Jefferson, quien intimaba con su esclava cuarterona Sally Hemings, estuvo a punto de llegar a aprobar en 1784 una ordenanza que prohibía la servidumbre humana en todo el nuevo país. Su iniciativa se modificó en 1787 con una ley que desterraba la esclavitud de los estados del norte. Lincoln tomó la antorcha prendida por Jefferson. En la Universidad de Michigan se descubrió una reflexión presidencial sobre la cuestión de la esclavitud, una más que ayuda a comprender la posición de don Abraham: “Decís que A es blanco y que B es negro. Entonces se trata del color; ¿el más claro tiene derecho a esclavizar al más oscuro? Tened cuidado. Siguiendo esta regla, seréis esclavos del primer hombre que tropecéis cuya piel sea más clara que la vuestra”.

 

Sin embargo, su relieve histórico no está exento de controversia. El novelista Gore Vidal se encargó de desmitificarlo en su Lincoln de 1984. Los especialistas están divididos. Hace poco, en diciembre de 2012, José Carlos Rodríguez publicaba un puntiagudo reportaje en Época, titulado “Las tres grandes mentiras sobre Lincoln”, en el que se le presenta como un ambicioso arribista, autodidacta, veleta en cuanto a sus ideas sociales, autoritario y censor de la prensa libre. Obviamente, ningún estadista es un santo, en cuanto que para alcanzar el poder tiene que hacerse con una serie de vicisitudes que dejan huella.

 

Lincoln (2012) de Steven Spielberg

 

El Lincoln de Spielberg es un hombre curtido en leyes, escarmentado por el sentido común y generoso con las anécdotas: “Cierto hombre tenía una vez un loro que repetía una profecía bíblica sobre el fin del mundo. La repetía a diario, cuando su dueño se despertaba por la mañana. Llegó el momento en que el pobre sujeto se cansó de escucharla, así que pegó un tiro al pájaro. Está claro que para el animal sí que se cumplió el funesto vaticinio”. En otra: “Un embajador de Su Majestad invitó a un héroe independentista americano a una recepción. Pasadas las horas, como es lógico, al invitado le entraron ganas de visitar el excusado, cosa que hizo. Allí dentro, en la pared, encima de la puerta, se encontró con un retrato de George Washington. Al volver al salón, y ver que no se quejaba, el anfitrión le interrogó al respecto: --¿Qué os ha parecido mi ubicación para vuestro Washington? A lo que el americano contesto: --Oh, señor, sin duda la más idónea, pues no hay nada que haga cagarse antes a un inglés que George Washington”.

 

En definitiva, más de dos horas del mejor cine, con la película más espectacular y mejor acabada del año. Sobresaliente. Con ella, se vuelve a recuperar la confianza en el Rey Midas de Hollywood como un director de los grandes.

 

Lincoln

Una imagen del presidente Lincoln

 

*Antonio Ángel Usábel es Doctor en Literatura Hispanoamericana, especializado en novela histórica, por la Universidad Autónima de Madrid, profesor agregado de I.E.S. en la Comunidad de Madrid. Para leer más artículos del autor en Cultura.Travelarte. Cine y Libros o Nocturnos Cantos Ruanos, su página cultural, y en Contraplano, su blog dedicado al cine.

 

 

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