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EL “ALMA” DE HITCHCOCK

EL “ALMA” DE HITCHCOCK

Antonio Ángel Usábel, pone luz sobre la relación real de Alma Reville y Alfred Hitchcock, en este artículo que con tanto acierto titula: El "Alma" de Hitchcock.

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El 1 de febrero de 2013 ha llegado a nuestra cartelera Hitchcock (2012), una película de Sacha Gervasi que rinde homenaje a un empeño: sacar adelante una película de crímenes, insania y frustraciones sexuales basada en una novela de terror de Robert Bloch. La película y la novela llevan el mismo título: Psycho (Psicosis). Su artífice, un director británico muy popular que nunca ha ganado un Oscar: Alfred Hitchcock (1899-1980).

 

Ed Gein, un psicópata de Wisconsin

Ed Gein, un psicópata de Wisconsin

 

Psicosis se inspira libremente en los crímenes reales de Ed Gein, un psicópata de Wisconsin que desenterraba cuerpos y asesinaba hombres y mujeres para fabricar diversos utensilios con partes disecadas de su anatomía. Este maníaco fue detenido y encerrado de por vida en una institución mental, hasta su muerte en 1984, a los 77 años. El dominio inquisitivo y fuertemente represor de su madre desencadenaron en él una conducta ermitaña y antisocial. Bloch estudió su conducta y escribió su novela: la de un muchacho obeso y miope que vive con su madre en una casa solitaria junto a un motel de carretera. El chico, harto de ser manipulado por su progenitora, se venga de ella dando muerte a las clientas que piden habitación. O mejor habría que decir que es la Sra. Bates quien se interpone entre su hijo Norman y las mujeres.

Esta historia llegó a manos de Alfred Hitchcock cuando el director estaba finalizando la promoción de Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959), un proyecto de envergadura rodado para la Metro. Hitch quería hacer entonces una película pequeña, diseñada a su antojo, mucho más personal. De niño había sentido la posesión de una madre católica de moral estricta. Alfred fue, por ello, un muchacho tímido y callado, y nunca tuvo una relación fluida con mujeres, a las que veía más como un icono que como seres tangibles. Mientras trabajaba en una pequeña productora de películas mudas, conoció a Alma Reville, que se convertiría en su amiga, mecenas y protectora. Alma dominaba la técnica del guion y del montaje de películas, y entendió que Hitch tenía talento. Se casaron, pero la relación siguió siendo más de confidentes que de otra cosa. Salvando las distancias, quizá hubo cierta similitud con otro genio y su pareja, al que Alfred admiraba: el pintor ampurdanés Salvador Dalí. Si Gala fue la musa suculenta de Salvador, así como su marchante principal, Alma fue la Alma Mater de Hitch, su supervisora cómplice. En ambos casos, uniones asexuadas (Hitch sustituía el contacto carnal por comida a discreción).

Así pues, había varios puntos coincidentes entre la conducta de Norman Bates y las limitaciones de Alfred Hitchcock. Bates espía a sus clientas por un agujero en la pared, al que oculta una lámina de Susana y los viejos, y Hitch acosa cuanto puede a sus actrices y se relame de gusto con sus fotos. No en vano, el personaje obsesivo y compulsivo de James Stewart en Vértigo (1958) pudo ser otro de sus cameos encubiertos. Poseer a la mujer de sus sueños, que es lo que se hace allí y que quiere repetir Norman, pese a la oposición de mamá. “El mejor amigo de uno es su madre”: es esta una máxima edípica que Hitch introduce en varios de sus largometrajes, y que pone en labios tanto de hombres (Norman) como de mujeres (Marnie Edgar, en Marnie, la ladrona, 1964).

Aun sin haber leído la novela de Bloch, Hitch pide a Paramount que se haga con los derechos. Pero la productora no desea asumir el riesgo de rodar un subproducto de terror. Quiere una película de acción y de suspense. Entonces Hitch convence a Alma para hipotecarse e invertir ochocientos mil dólares en su producción. La distribuidora será Paramount, y el lugar de rodaje los estudios Universal. La censura no permite que haya desnudos, ni violencia explícita con efusión de sangre, ni lenguaje soez, ni imágenes de un inodoro. Hitch se ha propuesto rodar lo nunca visto: una película seria de terror que transgreda los cánones visuales y signifique un hito y un paso hacia la modernidad del cine de autor. Un filme adulto, duro, crudo y violento. La partitura estridente de Bernard Herrmann con instrumentos de cuerda reforzará el patetismo y la fuerza de la crueldad implícita. A los cuarenta y ocho minutos de comenzado el filme, la estrella, Janet Leigh, será acuchillada en la ducha. Los espectadores quedarán conmocionados por este crimen inesperado, ya que se pasa de una apropiación indebida a cargo de una delincuente advenediza, a una acción salvaje y despiadada. En cierto modo, Marion Crane recibe lo suyo por cuenta de la madre de Norman. La simbología sutil del director se vuelca en los tonos visuales: la ropa interior de Marion cambia del blanco al negro cuando comete su robo. Para eludir al censor, Hitch no muestra los pechos de Janet Leigh ni su cuerpo desnudo y ensangrentado (la línea de cámara corta estos detalles). Pero a través de primeros planos y planos medios muy cortos, hilvanados unos con otros, consigue representar la agresión con elevado verismo. El público, al contemplar la secuencia de la ducha, reproduce justamente la sinfonía de gritos esperada por Hitchcock.

 

Alfred Hitchcock y Alma Reville

Alfred Hitchcock y Alma Reville

 

Sin embargo, el filme de Sacha Gervasi no es tanto una reconstrucción del rodaje de Psicosis, como un reflejo plausible del matrimonio Hitchcock. Alfred necesitaba a Alma como el comer. Y Alma se sacrificaba por Alfred, consintiéndole sus prontos de genio y sus devaneos platónicos con sus actrices. Hitchcock, engolado y formal, viste con traje hasta cuando limpia de hojas la piscina. Sus dudas sobre el guion, los actores y, sobre todo, el montaje de la película se los resuelve Alma. Como señala muy bien el crítico Carlos Reviriego –y con ello resume la esencia del filme de Gervasi--, “detrás del gran hombre había desde luego una gran mujer”. Una señora muy menudita, delgadita y delicada, a la que interpreta con acierto Helen Mirren, a pesar de parecerse muy poco a ella. Por su parte, Anthony Hopkins, embutido tras una careta demasiado barroca y algo grotesca, compone un Hitchcock plenamente aproximado, que casi hace olvidar al original, no obstante la repetición de los mismos ademanes canónicos. En su loa acude mi buen amigo y editor Luis Muñoz Diez al declarar: “un Anthony Hopkins que nos hace olvidar al icono y consigue que veamos en él nada más que el personaje que interpreta”.

Se echa mucho de menos en la cinta la participación de la hija del matrimonio, Patricia, quien aunque no vivía ya con sus padres, interviene en una escena de Psicosis.

El libreto es de John J. McLaughlin, y parte de una investigación debida a Stephen Rebello (Alfred Hitchcock and the Making of Psycho).

La película de Gervasi es entretenida, y será bien disfrutada por los cinéfilos, aunque en la parte relativa al ejercicio de metacine, no les descubrirá nada que ya no sepan por la bibliografía y la filmografía documental. Pensemos en el clásico El cine según Hitchcock, de François Truffaut, en los textos de Donald Spoto (The Art of Alfred Hitchcock, The Dark Side of Genius: The Life of Alfred Hitchcock, Spellbound by Beauty: Alfred Hitchcock and His Leading Ladies), o en el muy completo documental de hora y media Cómo se hizo Psicosis (1997), de Laurent Bouzereau, que suele darse con las copias de esta pieza maestra.

 

 *Antonio Ángel Usábel es Doctor en Literatura Hispanoamericana, especializado en novela histórica, por la Universidad Autónima de Madrid, profesor agregado de I.E.S. en la Comunidad de Madrid. Para leer más artículos del autor en Cultura.Travelarte. Cine y Libros o Nocturnos Cantos Ruanos, su página cultural, y en Contraplano, su blog dedicado al cine.

 

 

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