Cultura

joseluismunoz Por Luis Muñoz Diez

25 de mayo de 2012

Patpong Road, José Luis Muñoz

Patpong Road, José Luis Muñoz

 José Luis Muñoz nos habla de Patpong Road, su última novela.

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A José Luis Muñoz no le hace falta presentación alguna: es uno de nuestros autores más importantes de Novela negra, y hoy, en Travelarte, tenemos el placer de que nos hable de su última obra: Patpong Road.

 

Patpong Road, José Luis MuñozPor José Luis Muñoz

Cuando cumplí cincuenta años tuve la percepción de que el tiempo se me acababa. Anímicamente, quizá porque empezaba a sentir que entraba en otra etapa de mi vida, que el cuerpo, la carrocería, ya no era la de un joven que piensa que se va a mantener así toda la vida, tuve un formidable bajón al cruzar ese meridiano y asumir que, a partir de entonces, todo iría a peor. Y pensé que, en el caso de un fin próximo, haría como los pieles rojas, me iría a morir solo, sin causar dolor ni molestias a los seres queridos. Tuve un ataque de angustia inexplicable, irracional,  y me lo curé, o no, con un exorcismo literario, con esta novela. Como suele ocurrir con la mayor parte de mis novelas, me puse a escribirla sin saber adónde iba a llevarme, pero tenía claro que lo iba a hacer en primera persona, que el protagonista iba a ser un escritor y que en sus páginas iba a verter algunas de mis angustias vitales, también opiniones políticas, reflexiones literarias sobre un mundo, el de la literatura, con un grado de corrupción considerable y con mucho memo suelto. Por eso es una de mis novelas menos narrativas, más reflexivas, también más caótica y provocativa. Y personal, aunque no autobiográfica. La escritura de la novela me llevó a Tailandia, quizá porque hacía relativamente poco tiempo que había regresado de un viaje a ese país de Extremo Oriente y sufría la resaca de la fascinación por ese paraje exuberante. Así, Patpong Road, como buena parte de mis novelas, es la historia de un viaje, o de dos viajes que se solapan en uno: el viaje a un país caótico y hermoso, con una cultura milenaria y una raza bellísima (confieso que me seduce la delicada y frágil belleza de las muchachas orientales desde que vi a Nancy Kwan en El mundo de Suzie Wong), y el viaje que es la vida. El lector podrá pensar que René Lodosa, ese escritor desencantado y maldito que protagoniza mi novela, es un trasunto mío, y se equivocará. René tiene cosas de mi personalidad, ha tenido experiencias semejantes a las que he tenido yo, ha disfrutado y sufrido mucho en la vida, es un animal literario, pero no soy yo, es mucho más fuerte, es un tipo autosuficiente, algo descarado, bravucón, y yo estoy muy lejos de tener esas cualidades. La novela, sin ser yo muy consciente de ello, derivó hacia el erotismo más descarnado. Yo ya había ganado el premio La Sonrisa Vertical, colaboraba de forma asidua en las revistas Playboy, Penthouse e Interviú y dominaba ese género. El sexo es una de las más fuertes expresiones de la vida, ese estallido de placer que es el orgasmo es una de las cosas por las que merece la pena salir de la cama cada mañana. Si se acaba el sexo, se entra en otra dinámica, se mira el mundo de otra manera más mortecina. Me cuesta imaginar ese tipo de existencia, aunque a todo nos adaptamos. René Lodosa es un ser esencialmente sexual, al que le gustan las mujeres, seducirlas, acostarse con ellas, tener multitud de aventuras entre las sábanas. Yo, en eso, soy muy discreto y moderado. Quizá tímido. Repito: no soy René Lodosa, aunque sea su padre. Así es que la novela se convirtió en una vorágine de encuentros sexuales entre René Lodosa y sus amantes, y el sexo, en la novela, lejos de ser una liberación, aparece como una esclavitud, dulce esclavitud, un placer que, al ser una exigencia, provoca dolor por lo reiterativo que es. Pensando en la novela, una vez terminada, y terminada es cuando entra en imprenta después de diez años de haberla iniciado, corregirla, rescribirla, y publicada ahora, en su momento adecuado, no antes, me di cuenta de que era una especie de Living Las Vegas, la única película con Nicolas Cage dentro, actor insoportable, que soporto, pero en mi novela el protagonista se autodestruye a través del sexo en vez de con el alcohol. Imagino que escandalizará. A mí me escandaliza y creo que corté algo demasiado fuerte, que me convertí en propio censor, con lo que odio ese oficio de reminiscencia franquista. Lógico. Es una novela cruda, y el sexo aparece en ella en toda su animalidad, en toda su sensualidad arrebatadora y bendita suciedad. René Lodosa folla porque no quiere pensar en sí mismo, en su situación, y Bangkok, la ciudad en la que transcurre buena parte del libro, le ofrece miles de muchachas complacientes que por unos cuantos dólares le proporcionarán una sucesión encadenada de placer que le seda como el narcótico más fuerte. También es una novela sobre la prostitución. Tailandia ya estaba llena de prostitutas antes de que llegaran los marines yanquis que iban a explayarse con chicas orientales y olvidar entre sus piernas los horrores de Vietnam, porque las prostitutas son anteriores a ellos. Los tailandeses son muy proclives a frecuentar mujeres de pago y no está mal visto entre ellos. El lector podrá pensar, es muy libre de hacerlo, que yo también sucumbí a los cantos de sirena de esas chicas de Patpong Road. Pues no. Para escribir sobre las prostitutas de Bangkog no me hizo falta recurrir a ninguna de ellas, del mismo modo que, cuando mis personajes asesinan en alguna de mis novelas negras, no he tenido que matar a nadie. Esa es una de las razones por las que escribo. Así es que espero que nadie me confunda con lo que sucede en la novela. Es ficción. Pero una ficción con visos de realidad brutal. René Lodosa, que no es mi alter ego, acude a Bangkok para paliar su dolor moral y físico, y se destruye de una forma premedita y acelerada. Porque la novela es eso también: la historia de una destrucción. La crudeza de sus páginas podrá juzgarla el lector como pornográfica. No me importa. La pornografía, en literatura o en cine, es una mecánica que tiene como único fin la autosatisfacción del lector o el espectador. Una vez se ha producido esto, se cierra el libro o se apaga la película. No es el caso. O sí. Pero no sólo eso, porque aunque parezca una boutade decirlo, Patpong Road es una novela moral porque yo soy un moralista y no puedo dejar de serlo ni cuando escribo impostado en un libertino. Detrás de tanto erotismo, de tanto sexo de pago, de las descripciones de los vestíbulos de los hoteles llenos de turistas sexuales anhelantes que esperan comprar a sus parejas carnales por unas cuantas horas, hay una mirada moral sobre el instinto depredador que llevamos con nosotros, los que tuvimos la suerte de nacer en el primer mundo y creemos que el tercero nos pertenece por llevar un buen fajo de dólares. Compramos todo: árboles que se talan de sus selvas, diamantes bañados en sangre, falsificaciones que fabrican niños trabajando de sol a sol, también mujeres bellas y jóvenes que simulan tener placer con nosotros. Es una novela que habla sobre la  prostitución, porque Patpong Road, la arteria del barrio rojo de Bangkok, es un enorme prostíbulo lleno de chicas con números en los dorsales que son elegidas por los clientes que nunca sabrán sus nombres. Pero no sólo habla de ese tipo de prostitución maquinal y a destajo, menos sórdida que en otros lugares del mundo porque en Tailandia hasta las prostitutas son delicadas. Desde que venimos al mundo no hacemos otra cosa que vendernos. Vendemos nuestro tiempo para realizar un trabajo que, en la mayoría de los casos, ni nos satisface ni nos realiza. Somos esclavos porque no somos dueños de nuestra vida. Eso es también prostitución, porque lo hacemos por dinero. Estamos vendiendo pedazos de nuestra vida en hacer una serie de actividades absurdas, muchas veces. A muy pocos afortunados les pagan por hacer algo con lo que disfrutan. Quizá a un actor porno. Pero en cuanto el sexo se transforma en trabajo, pierde todo su encanto.  También habla de eso la novela, de los prostitutos que somos todos. Y de la muerte. Porque sin la muerte no se entiende la vida, porque la muerte determina la vida, sus ritmos precisos. La muerte es precisamente lo que motiva las ganas de vivir perentoriamente que tenemos, el saber que nuestro tiempo es limitado nos hace apreciar cada segundo de nuestras vidas, disfrutar del presente. Eso hace René Lodosa, desesperadamente, a lo largo de las 340 páginas de la novela: vivir hasta el último latido.

Patpong Road (La Página Ediciones, 2012). 346 páginas. 20 €

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