Cultura

juan-carlos-ortega Por Juan Carlos Ortega

02 de noviembre de 2012

Anaqueles sin dueño, Pedro A. González Moreno

Anaqueles sin dueño, Pedro A. González Moreno

Juan Carlos Ortega: Hoy contamos con la firma del poeta Pedro A. González Moreno y su libro Anaqueles sin dueño (Madrid, Hiperión, 2010).

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“La creación mata” dice Charles  Bukowski en un poema titulado Manual de combate en el que va enumerando escritores que acabaron sus días trágicamente. Y si no te mata, te puedes volver loco, o cuando menos, te mueres de hambre. Allá tú si quieres ser escritor,  dice Bukowski. Desde luego, sorprende que tantos escritores hayan acabado su vida mediante el suicidio.

 

Pero lo que fascina de Paul Celan, Sylvia Plath, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, César Pavese o cualquiera de los escritores que Pedro A. González Moreno elige en Anaqueles sin dueño como fuente de inspiración, no es su muerte voluntaria, sino su obra. El suicidio no hace sino envolver en un halo de misterio la vida y la obra de estos seres tocados por la gracia del demiurgo.

 

Las citas que abren las composiciones de este libro son una pequeña ventana hacia la  creación del escritor cuya decisión última fue la elección de su muerte. Su evocación compone poemas intensos, vibrantes, de una belleza desasosegante. La muerte pasea por ellos para dar, paradójicamente vida a un nuevo acto fascinante de  creación. La belleza y el escalofrío recorren las cuidadas baldas de Anaqueles sin dueño.

 

Pedro A. González Moreno ha publicado los libros de poesía: Señales de ceniza (premio “Joaquín Benito de Lucas”, Talavera de la Reina, colección Melibea, 1986); Pentagrama para escribir silencios (accésit del premio Adonais, Madrid, Rialp, 1987); El desván sumergido (premio “Villa de Madrid-Francisco de Quevedo”, Madrid, Libertarias, 1999); Calendario de sombras (premio "Tiflos", Madrid, Visor, 2005). También ha publicado la novela Los puentes rotos (IX premio “Río Manzanares”, Madrid, Calambur, 2007) y el libro de viajes Mas allá de la llanura (Ciudad Real, B.A.M. 2009)

 

Anaqueles sin dueño fue premio Alfons el Magnanim “Valencia”, 2010 de poesía en Castellano, patrocinado por la Diputación de Valencia. (Madrid, Hiperión, 2010).

 

 

Anaqueles sin dueño, Pedro A. González Moreno Pedro A. González Moreno:

 

Más de una vez me han preguntado por qué elegí ese escabroso tema (el del suicidio) para este libro, y mi respuesta ha sido siempre la misma: algunas veces no es uno quien elige los temas, son los temas los que nos eligen a nosotros.

 

En este sentido debo decir que el motivo del suicidio, en principio, no nace de ningún hecho puntual y concreto, sino que aparece más bien como una prolongación temática (y hasta cierto punto lógica) de mi poesía anterior, dominada por el tema de la muerte desde mi primer libro, Señales de ceniza. Es decir, el tema no nace de ningún impulso autodestructivo (consciente al menos), y habría que recordar aquí que el yo lírico – o ficcional - no tiene por qué corresponderse necesariamente con el yo real del autor. Cuando el poeta escribe, su voz no tiene por qué considerarse, en sentido estricto, autobiográfica. Sin embargo, también debemos admitir que la escritura tiene mucho de catarsis, y probablemente el solo hecho de hablar o de escribir sobre el suicidio viene a ser un modo de conjurarlo. De manera que Anaqueles sin dueño tal vez sí pueda considerarse como algo parecido a un acto de exorcismo.

 

En cualquier caso, he de confesar que algunos de estos poemas están motivados  por dos suicidios reales que me resultaban próximos. Quien lea con cierta atención los dos nombres que figuran en la dedicatoria del libro, comprobará que ambos llevan mi segundo apellido, y es fácil deducir, por tanto, que aunque no se diga explícitamente, los nombres de esas dos personas tienen algo que ver conmigo.

 

La obra, a partir de unos cuantos poemas iniciales, fue creciendo y adquiriendo vida propia, como un organismo vivo que se regeneraba y se alimentaba con cada una de las nuevas muertes con las que, en la literatura o la vida, iba topándome. Por eso, y muy exagerada o metafóricamente, podría decir que de la vida extraje el alma de este libro y fue la literatura quien me ayudó a ponerle el cuerpo.

 

A partir de ahí, y cuando ya tenía elaborados unos cuantos poemas que no constituían aún un proyecto unitario, los propios suicidas vinieron en mi ayuda. O dicho más literariamente, sentí su llamada, escuché su voz. Como digo en el poema prólogo del libro, entre las desordenadas baldas de mis estanterías tengo una muy especial que está repleta de libros de poetas y escritores suicidas. Y al asomarme de vez en cuando a esos anaqueles, sentía extrañamente que sus voces me reclamaban, aunque no sabía muy bien por qué ni para qué.

 

 

FLECHA Y BLANCO

 

                     Los suicidas tienen un lenguaje especial. 

             Como los carpinteros, quieren conocer con qué herrmientas.

             No preguntarán por qué construir”.

                                       (Anne Sexton)

 

   Dulce envenenadora de la luz y el aire,

sabías que la muerte se puede construir

meticulosamente, cápsula

a cápsula, lo mismo

que un edificio se levanta piedra

a piedra, o el poema se construye

nombre a nombre, despacio, hasta que adquiere

una rotunda solidez de cuerpo.

 

   Construir es un arte que consiste

en dejar la intemperie al otro lado,

a ese otro lado donde estuvo el miedo.

 

   Dulce envenenadora de la sed, tu lengua

me trae sabor a pan con barbitúricos,

a nicotina y a pezón amargo.

Siempre supiste, madre y bruja buena,

que los suicidas no destruyen, salvan.

Amar el aire, envenenar el aire,

son dos bordes distintos de un idéntico amor

o una idéntica muerte.

 

   Y tú, que fuiste a un tiempo flecha y blanco,

hiciste de los dos

un bello, un solo cuerpo respirable.

 

 

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