Cultura

juan-carlos-ortega Por Juan Carlos Ortega

30 de noviembre de 2012

Tulipanes rojos, Eduardo Jordá

Tulipanes rojos, Eduardo Jordá

Juan Carlos Ortega: Hoy presentamos el poemario Tulipanes rojos, de Eduardo Jordá (Madrid: Visor, 2011), IX Premio Emilio Arlarcos.

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Eduardo Jordá, nacido en Palma de Mallorca, en 1956, es un escritor y poeta afincado desde 1989 en Sevilla.

 

Encontré a Eduardo Jordá por casualidad, paseando la vista por los anaqueles de la sección de poesía de una librería. Bien podría ser una feliz casualidad, de esas que hacen que la vida se vaya enriqueciendo, pero yo prefiero creer en la energía misteriosa de la poesía cuya fuerza ejerce una poderosa atracción hacia los buenos libros de poemas.

 

Claro que el libro venía avalado por su publicación en la prestigiosa colección Visor de Poesía y por haberle sido otorgado el IX Premio Emilio Alarcos, en cuyo jurado participaron poetas de la talla de José Luis García Martín, Carlos Marzal o Luis García Montero entre otros. Con semejantes pistas era difícil equivocarse en la elección, así que me llevé el libro a casa para disfrutarlo a placer.

 

Y así fue. Llegué a casa, me senté en el sofá y disfruté de la lectura de Tulipanes rojos tranquilamente. Me gustó, sí. Desde el primer poema, titulado “Corazón” en el que el poeta habla quizá a su propio corazón y le dice: “Hay un pájaro, un río,/ y están dentro de ti” y me produjo inmediatamente, esa clase de emoción estética que producen los buenos libros, los que se leen deprisa y se releen despacio.

 

Y seguí avanzando por los poemas y seguí emocionándome con su lirismo y con sus historias, hermosas unas veces y otras, tristes. Como la historia real en que se basa el poema titulado “Dos cuervos”, inspirado en los dos cuervos que se colaron en una casa de la costa occidental de Irlanda, donde el poeta vivió, hace ya muchos años, y que murieron de inanición al no encontrar una salida. Habían entrado por la chimenea, un macho y una hembra, quizá siguiéndose uno al otro y el poeta los encontró en la cocina “uno al lado del otro, / unidos en la vida, / unidos en la muerte”. El poeta nos cuenta cómo los enterró en el jardín, bajo un seto de fucsias, frente al mar, y a los lejos se veía un islote que bien podría ser la isla de la fidelidad.

 

Tulipanes rojos, Eduardo JordáEl mar es el protagonista del poema titulado “Créac’h”, el nombre bretón de un faro que hay en la isla de Ouessant, en el Finisterre francés. El poeta mete las manos en el agua y alguien tira de él con fuerza. Es el mar. Un mar misterioso que susurra “ven conmigo. / No tengas miedo”; un mar tentador que dice: “Aquí el silencio vibra /con todas las historias de este mundo. /Soy el líquido amniótico de la Tierra”; un mar desasosegante que promete un regreso feliz a casa.

 

Y es que el poeta, no lo olvidemos, ha nacido en una isla, Palma de Mallorca. Por eso en  el poema titulado “Palma, un día de agosto” el poeta sentencia: “Nadie puede decir: “Es mi ciudad” […] Nosotros somos de ellas, no al revés”. Y aunque ahora el poeta ya no viva en su isla, ese pequeño mundo donde todos se conocen, siempre queda el recuerdo de aquellas pequeñas y grandes cosas que se han vivido: “la esquina en que sufrimos, / la fiebre de una tarde de febrero, / o el sudor en las manos temblorosas / del primer amor”.

 

El recuerdo, a veces, no es propio. Es un recuerdo prestado, de otras personas que sufrieron y que nos cuentan sus historias trágicas. Así, el poema titulado “Ringelblum” nos habla sobre el historiador judío-polaco Emanuel Ringelblum, autor de la Crónica del gueto de Varsovia que quiso dejar constancia de todo lo ocurrido en el gueto y que ocultó su archivo en cántaros de leche y en cajas metálicas que enterró en varios escondrijos esparcidos por el gueto. La mayor parte de sus escritos lograron de esta manera sobrevivir. No así él, que murió fusilado en las ruinas del gueto junto a su mujer y su hijo, en marzo de 1944.

 

Un poema hermano y que cuenta una historia no menos escalofriante, es el titulado “Sonderkommando”. En los campos de exterminio nazis había unas unidades especiales de presos llamadas Sonderkommando, que estaban obligadas a trabajar en los crematorios, retirando los cadáveres de los presos que acababan de ser aniquilados en las cámaras de gas. Cada cierto tiempo eran eliminados y sustituidos por otros presos, lo que hizo que muy pocos miembros de estos comandos lograran sobrevivir y transmitir su testimonio. Otros, sin embargo, consiguieron dejar sus experiencias escritas en escondrijos excavados cerca de los crematorios. El poema está escrito a partir de la lectura de dichos testimonios.

 

Pero no todas son trágicas. Hay también historias tiernas, como la de la niña que tiene un ojo más grande que otro, o la historia dulce del poema “Huellas”: “Mientras ella prepara la masa / sus dedos van dejando signos / que son como las huellas de un gorrión”. Y también hay poemas que hablan del amor: “¿Y si esto fuera amor?” Aunque el amor suele tener también un lado difícil.

 

El libro se cierra con el poema homónimo “Tulipanes rojos”, una hermosísima elegía a Jacques Hurel, a quien había conocido casualmente y que, como Eduardo Jordá, era también amante de los viajes y la aventura. Su muerte, le hace reflexionar, como hacen los clásicos, sobre el tema trascendente del paso del tiempo. Los tulipanes “rojos, bellos, fuertes” apenas durarán unos días, y al mismo tiempo “mientras los mire, /perdurarán”.

 

Y el poeta termina este emocionante libro, con un hermoso final: “Hermosos tulipanes, / rojos, indestructibles, / sonreíd, sonreíd. / Y esperadme también / en un lugar cualquiera, / cuando ya nadie pueda reconocerme, / cuando ya nadie sepa / quién soy”.

 

Como poeta, Eduardo Jordá ha publicado: La estación de las lluvias, (Renacimiento, 2001), premio de poesía Renacimiento de 2000; Ciudades de paso, (Pre-Textos, 2001); Tres fresnos, (Ediciones Península 2003);  Madrid, once de marzo. Poemas para el recuerdo, (Pre-Textos, 2004); Mono aullador, (Algaida Editores, 2005), III premio Ateneo de Sevilla de poesía de 2005; Instante, (Fundación José Manuel Lara, 2007). Así mismo ha publicado la antología Pero sucede (Renacimiento, 2010).

 

También ha publicado el libro de relatos Playa de los Alemanes, (Algaida Editores 2006), la novela Pregúntale a la noche, (Fundación José Manuel Lara, 2007), III premio Málaga de novela de 2007, y libros de viajes como Norte Grande: viaje por el desierto, (Ediciones Península, 2002); Esperando la tormenta, (AMG editor, 2008), XIV premio Viña Alta Río-Café Bretón de 2008.

 

 

 

                              SONDERKOMMANDO

 

                              Hemos visto.

                              Hemos oído.

 

                              La lengua azul.

                              El glugluteo.

                              El olor dulzón.

                              Los que se quedaban en pie

                              y había que derribar

                              con una maza.

                              Los que todavía gemían

                              aunque estaban muertos.

                              Los que miraban

                              aunque estaban muertos.

                              Los que perdonaban

                              aunque estaban muertos.

                              Los que se abrazaban

                              aunque estaban muertos.

 

                              Hemos visto.

                              Hemos oído.

 

                              Preferíamos no usar las manos.

                              Los ganchos en el cuello

                              eran más rápidos

                              y así no te ensuciabas

                              (todos se lo hacían encima)

 

                              Hemos visto.

                              Hemos oído.

 

                              El siseo del alma

                              que se transforma en grasa, y arde.

                              Los ojos que estallan

                              azules en el cielo azul

                              de un día de verano.

                              La cabeza que tarda más que el resto.

                              Las cenizas en el río

                              con el deshielo de marzo.

                              La mirada incrédula

                              que hablaba sola

                              y se mentía sola,

                              y gritaba y suplicaba y callaba,

                              todo a la vez,

                              mientras se quitaba la ropa

                              y avanzaba hacia dentro.

 

                              Hemos visto.

                              Hemos oído.

 

                              Nuestra primera misión

                              fue ocuparnos de los que nos precedían.

                              “Comando especial”, dijeron,

                              “igual que vosotros”.

                              Y nosotros seríamos los siguientes.

 

                              Nunca decíamos nada.

                              El bebé que respiraba.

                              La maquinilla para el pelo

                              de las mujeres.

                              Las tenazas, los montacargas.

                              Las insaciables vagonetas de carbón.

                              El montón de los dientes de oro.

                              El montón de las sortijas.

                              La máquina quebrantahuesos

                              (el molino”, la llamábamos).

                              Y el loco que violaba chicas muertas

                              y al que un día tuvimos que matar.

 

                              Nunca decíamos nada.

                              Solo una vez me atreví:

                              “Poneos allí. Es más rápido”.

                              Eran mis primos.

                              Solo una vez.

 

                              Y quizá debería haberme callado.

 

 

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