Cultura

gonzalo-muñoz-barallobre Por Gonzalo Muñoz Barallobre

04 de diciembre de 2012

Una herida mortal

Una herida mortal

«¿Qué es uno?¿Y qué no es? El hombre es el sueño de una sombra. Pero cuando un rayo divino lo toca, una brillante luz lo envuelve, y es un goce la vida»

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Es el otoño un veneno. Sí, bien ornamentado –el color de las hojas, la luz al atardecer, el olor del aire…- pero, al fin y al cabo, un veneno.

 

 

No miento si digo que en mí hay algo que me hace tender, de manera inevitable, a la tristeza. Y es que allí donde poso la mirada, veo el dolor que arde en cada acontecimiento; y no, como dijo aquella poeta a la que se le suicido un hijo, por hábito, por vicio incluso, sino porque al clavar los ojos descubro como algo funesto palpita en su interior. Y si bien el deseo, esa fuerza que siempre hace por mantenernos erguidos, logra distanciarme de este modo oscuro de sentir lo real, sólo lo hace por un breve momento de tiempo, un instante nada más, porque pronto el velo que supo extender sobre las cosas termina rajado, revelando de forma brutal la naturaleza quimérica tanto de mí como de lo que habito.

 

F bacon

 

La pregunta ahora es directa: ¿por qué no sales de aquí? Y si bien está interrogación me parece justa, necesaria incluso, la respuesta que para ella tengo aún me lo parece más, las palabras son de Píndaro: «¿Qué es uno?¿Y qué no es? El hombre es el sueño de una sombra. Pero cuando un rayo divino lo toca, una brillante luz lo envuelve, y es un goce la vida». Sin duda, somos una sombra, un simulacro que anda entre sombras, pero esta definición sólo es cierta hasta un punto, algo omite, y ese algo, por pequeño que sea, es lo que nos hace seguir: el fino cable que nos ata a la vida. Y por honestidad, o por desesperación, debemos intentar ponerle un nombre. Podemos elegir, y no es mala respuesta, que ese hilo no es otra cosa que las trampas que la vida urde para seguir viviendo. Pero a mí, esta afirmación, me suena demasiado simple, excesivamente “biológica”, y sé que estamos obligados a sumergirnos más, a completarla. Porque si algo es cierto, es que la vida sabe esconder entre sus pliegues pequeños diamantes de luz, momentos únicos que salvan y que, a través del recuerdo emocional, nos hace seguir empujando, insistiendo en esta danza-combate. ¿Dónde buscar? Bueno, tal vez en un vocablo que por ser hijos de nuestro tiempo nos escuece: “pero cuando un rayo divino lo toca”. Sí, divino. Y es que ella no es una palabra, es un símbolo: con un solo gesto señala a muchas –demasiadas- direcciones. El problema es que detrás de este encuentro, que al principio lo prometía todo, no hay nada que añadir, sólo podemos, mientras ocurre, arrojarnos a él y utilizar el espíritu como si fuera un gran paladar.

 

Fiat lux

 

Alguien nos volvió mendigos. Pero que nadie aúlle, que nadie grite mientras corre en círculos, porque bastará con saber que hay formas, rituales, de seducir a esos encuentros luminosos, y bastará con hacer del tiempo -no la idea, sino aquello que nos constituye de manera íntima y radical-, un jardín. Porque si bien nunca he creído a aquellos que beatifican la idea de trabajo, si que he sentido la necesidad de mostrar -a mí mismo ante todo- que hay un esfuerzo, una lucha, que debe hacer por facilitar el encuentro con ese rayo divino. Porque si bien sabemos cual es el telón de fondo de la existencia, también sabemos que a pesar de él hay una intensidad capaz de reconciliarnos con el mundo. Y es que por efímero no es menos real. De hecho, lo vuelve más preciado, con más capacidad de entrega. Y cuando el hombre asume que la seducción del goce es posible, trunca la naturaleza que ese extraño Dios -un dios sin ojos, oídos y, por tanto, sin corazón-, le asignó, y para siempre deja de ser un mendigo: no sólo se vuelve dueño de sí, sino que también dueño de su tiempo y de lo que su cultivo puede arrancar del acontecimiento, esa luz divina, repitámoslo, que vuelve la vida un goce. En definitiva, se hace soberano de ese misterioso hilo que le sujeta a este mundo y a los otros, a pesar de todo el dolor del que el universo es capaz.

 

Universo

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