Cultura

justosotelo Por Las tertulias de Justo Sotelo

22 de diciembre de 2012

Las tertulias de Justo Sotelo, Graciela Rodríguez Alonso

Las tertulias de Justo Sotelo, Graciela Rodríguez Alonso

Este sábado nos habla Graciela Rodríguez Alonso, novelista y tertuliana habitual. Y lo va a hacer, precisamente, de lo que significan para ella nuestras tertulias.

Ver todas las noticias de Cultura

 

Graciela Rodríguez Alonso

 

Graciela Rodríguez Alonso nació en Santander en 1958. Licenciada en Biología, en la especialidad de Bioquímica y Biología Molecular, por la universidad Autónoma de Madrid, y Máster en  Informática por la universidad Pontificia de Comillas, desarrolla su carrera profesional en el ámbito de los sistemas informáticos. Tras obtener el Máster de Creación Literaria de la Escuela de Letras de Madrid,  estudió Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la universidad Complutense de Madrid, que fue donde nos conocimos. El trazo oculto (Madrid, Dhyana Arte, 2008) es su primera novela. En la actualidad está escribiendo una segunda novela.

 

Graciela Rodríguez Alonso El trazo oculto

 

La bioética se ha consolidado como uno de los debates más importantes para comprender el futuro del hombre. Los grandes avances científicos posibilitan al hombre ejercer un poder que pocas veces había soñado. Sin embargo, ¿ese poder es lícito? ¿La ciencia debe tener límites? ¿La moral está por encima de la ciencia, o la ciencia por encima de la moral? Todos estos debates están implícitos en esta novela. Efectivamente, la autora los aborda desde un punto de vista cercano al lector y de una forma sencilla. Graciela Rodríguez plantea las consecuencias del deseo desmesurado de ser madre. La maternidad ahora se plantea desligada de la paternidad. Los hijos de ese modo nacen sin conocer sus orígenes y sin poder responder a la más elemental pregunta, ¿quiénes fueron antes que yo?

 

 

Las palabras

Por Graciela Rodríguez Alonso

 

“El lenguaje es la única sociedad del hombre”, escribe Pascal Quignard. “Son las palabras las que vuelven habitable el mundo”, dice Gustavo Martín Garzo. “Ser hombre es habitar en el lenguaje, alimentarse de palabras”.

 

En la tertulia de Justo nos alimentamos de palabras, de esas palabras con las que se construyen novelas, poemas, cuentos, epopeyas, obras de teatro y libretos de ópera,  ensayos y críticas  literarias. Siempre estamos abrazados a dos o tres libros que vamos llenando de notas; casi todos llevamos una libreta en la que hemos copiado las palabras que otros han escrito y también las que las lecturas, o los hechos de cada día, nos han ido sugiriendo. Así mezcladas, las palabras de los libros escritos por otros y las nuestras escritas acerca de aquellos, en los márgenes, en las guardas, a pie de página y en nuestras libretas dan lugar a un nuevo libro que jamás debería dejar de escribirse porque constituye, además de nuestro alimento,  nuestra memoria.

 

Tertulia Justo Sotelo

 

Y cada miércoles antes incluso de sentarnos alrededor de nuestra mesa en el bar “Este Oeste” ya estamos alimentándonos unos a otros. “¿Habéis leído a Foster Wallace? Es mejor que Murakami”, provoca Santiago agitando un libro en la mano. “No dejéis de leer Historia de la Belleza de Eco”, se oye la voz de Amparo en medio de una discusión acerca de qué es hoy la belleza. “¿Alguien me puede prestar La biografía del silencio de Pablo d’Ors?”, y también “Dejaros de tonterías, caray, yo prefiero novelas que me atrapen: donde estén Pérez Reverte o Eduardo Mendoza o Muñoz Molina que se quite todo lo demás”. A cada paladar un menú. Saborear a Delillo, Roth, Kafka, Joyce, Pynchon; beber de Homero, Virgilio, Rabelais, Cervantes, Shakespeare; probar a Tanizaki, Pamuk, Oz, Cavafis; deglutir a Cortázar, Vila-Matas, Borges; repetir de Faulkner, James, Coetzee; deleitarse con Safo, Dickinson, Bronte, Woolf, Atwood. Si la palabra es buena, somos insaciables.    

 

Entre bocado y bocado la tertulia se agita llena de preguntas. Qué sería de un mundo sin librerías, cómo puede la imagen haber vencido a la palabra, qué queda por contar y de qué forma hacerlo, cómo permitimos que los niños se duerman sin escuchar un cuento, pero ¿es posible que las mesas se cubran de malos libros mientras los buenos yacen en la última balda casi pegados al suelo?, quién es el cretino que pretende dejar de enseñar a Homero y a Dante en nombre de los mercados. ¡Ya llegamos a los tiranos!, se subleva la tertulia que no entiende un mundo al margen de la buena literatura, un mundo que no sabe que se ha ido construyendo gracias a ella, un mundo que pueda llegar a desconocer su propio relato.

 

Los miércoles somos tertulia ávida de palabras, glotona y bulliciosa; el resto de los días leemos y escribimos en silencio a tiempo compartido con la arquitectura, la medicina, la física, la economía, la docencia, los recursos humanos, el teatro, la filosofía, pues no hay más remedio que ganarse la vida. Además de comer y leer tenemos la obsesión de convertirlo casi todo en palabra escrita: Bea escribe cuentos a partir de fotografías, Santiago intenta una narración a partir del proceso creativo de su pintura, Peter escribe sus Cortos Americanos inspirándose en los cuadros de Hopper, Justo transforma la teoría acerca de los mundos posibles y la música tejiendo con ellos el mundo en el que viven los personajes de su última novela.

 

Buscamos respuestas, somos rumiantes del mundo, nos lo comemos con los ojos, los oídos, el tacto, y luego lo regurgitamos deseosos de transformarlo, a ser posible en  buena literatura, tal vez porque es la literatura la que nos ayuda a conocer y digerir el mundo y la existencia, tal vez porque a estas alturas ya somos adictos a la palabra escrita. Es nuestro oxígeno, y sin ella no somos capaces de  respirar.

 

Leo en Las veinticuatro categorías de la poesía: “Todas las bocas esperan sedientas su alimento…Por eso es necesario escribir…Pero escogiendo las palabras porque cada una tiene su lugar, su hueco en el mundo. Y todo lo que no encaje, lo que no se ajuste en su medida, será pasto del silencio”.

 

Tertulia Justo Sotelo II

En la Tertulia de Justo, bajo la antenta mirada de toda una saga de filósofos

 

.

Publicidad

Publicidad