Cultura

gonzalo-muñoz-barallobre Por Gonzalo Muñoz Barallobre

28 de diciembre de 2012

Indignos

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Nada mejor que el odio a la Filosofía para revelar lo que somos: una sociedad perezosa y asustadiza.

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CardoParece claro que hay un grupo -por cierto numeroso- de enemigos de la Filosofía. Una horda que intenta eliminarla o, dicho de forma más poética, darle muerte. Pero olvidan que la propia muerte de la Filosofía debe ser filosófica, lo que significa, dicho mal y pronto, que de esta mala hierba no hay dios que nos libre. De todos modos, y para tranquilidad de unos pocos, los enemigos de los amantes de la sabiduría están muy lejos de poder realizar su soñado asesinato, y es que lisa y llanamente son unos débiles mentales. Rezuman incapacidad y se les nota. Pero sea como fuere, están ahí y de ellos tenemos que defendernos. En el artículo Cinismos ya propuse una estrategia y no voy a repetirme.

 

Torre marfilDesde hace una buena temporada, no dejo de oír esa musiquilla que culpa de la caída de la Filosofía -la caída en el “desuso”- a los propios filósofos. Entre otras cosas, porque sus reflexiones son poco accesibles al resto de los mortales. Por otro lado, también tiran piedras contra los profesores de Filosofía de universidad: que si viven en torres de marfil,  que si sus discursos son onanistas, etc. Con lo segundo no puedo estar más de acuerdo, ahora bien, por honestidad y gratitud, debo decir que no todos son así, y quien haya pasado, aunque sea de visita por una Facultad de Filosofía, bien lo sabrá, ya que hay profesores que no sólo dominan aquello que pretenden enseñar sino que además lo saben hacer. No voy a entrar en una enumeración babosa de nombres, tan sólo diré que, como las meigas, haberlos haylos. Sin olvidar, que a la lista de profesores universitarios, hay que añadir la de profesores de instituto que hacen su trabajo de una manera sobresaliente, llevando acabo la difícil tarea de hacer que algo tan raro y excéntrico como es la Filosofía seduzca a sus alumnos. Sin duda, de todos ellos sólo un uno por ciento terminará estudiando Filosofía, pero el resto estará marcado para siempre por el aguijón de la duda.

 

Ortega y gasset

Dicho esto, toca volver a la primera parte, aquella que ataca a los filósofos por su lenguaje técnico, por sus complejos discursos y por sus laberinticos razonamientos. Sin duda, es cierto, así son la mayoría de los filósofos, pero por algo será. Me explico. No cabe duda que uno puede facilitar la exposición de un argumento, ya dijo Ortega, y a nuestro modo de verlo con razón, aquello de que la claridad es la cortesía del filósofo, pero lo que no se puede negar es que el campo temático del que la Filosofía se ocupa requiere precisión y formalidad, es decir, un entramado de conceptos que sea capaz de dar cuenta de lo que se está analizando y de la postura que frente a ello adoptamos. Y es que en Filosofía pasa lo mismo que en otros disciplinas, y no veo que nadie condene a la física cuántica o a la microbiología de despreciable por compleja. ¿Por qué entonces este error de base? Bueno, yo diría que tiene que ver con la idea de que la Filosofía tiene que ser para todo el mundo. Sin duda, la Filosofía tiene que estar abierta a todos (lugares donde poder estudiarla, libros donde leerla…) pero eso no quiere decir que sea un derecho -¡ni más ni menos que un derecho!- el que cualquiera, sin esfuerzo ni disciplina, pueda entenderla y trabajarla. Porque si seguimos esta línea, a donde llegamos es a un subgénero de la autoayuda que se traduce en pilas y pilas de libros tan superficiales como estériles.

 

KantPero esta proliferación de Filosofía convertida en autoayuda, lo único que hace es poner en evidencia algo que ya se ve en otros ámbitos de nuestra cultura, ya que ese querer que la Filosofía sea accesible –que no abierta- a todos, no es otra cosa que el síntoma que mejor expresa lo que a día de hoy somos: una sociedad perezosa y asustadiza que lo único que busca es esa cultura que se apellida entretenimiento. Eso es, que no cueste, que todo sea muy facilito, que no haya que dedicarle más de cinco minutos y que después de consumida podamos volver a lo nuestro siendo los mismos. Ya lo dice Ovejero en su Ética de la crueldad, una cultura parecida al laxante: que no haya que apretar. Y dicho esto, queda señalar que tal vez la pregunta que tanto se empeñan los filósofos en responder -¿para qué sirve la Filosofía?-, debería dejar paso a una afirmación tan terrible como cierta: tal vez la sociedad actual no es digna de la Filosofía, de esa tradición de titanes que tuvieron la potencia vital que a nosotros nos falta. Pero lo más triste de esta actitud, de ese “que no cueste”, “que no haya que apretar”, es que también, y sobre todo, tiene una lectura política que va ligada con la pereza de autodefinirse y autogobernarse. Porque si recordamos el famoso texto firmado por Kant, Qué es la Ilustración, veremos como la famosa máxima “¡atrévete a pensar!” –ojo, atrévete, asume el esfuerzo y el riesgo, y no diviértete pensando, que es lo que pondría en cualquier libro de Filosofía como autoayuda-, desemboca en la mayor conquista que el hombre puede y debe realizar: su autonomía. Y es que si olvidamos lo que en último término se juega en la verdadera Cultura, si seguimos perezosos y asustadizos, haremos que sea cierta esa triste y violenta afirmación que dice que el hombre necesita un amo. Pero entiendo que esto pocos lo entenderán, y que habrían preferido encontrarse en este artículo una frase pegadiza con una foto conmovedora. Bueno, para eso ya tienen el Facebook de muchos de sus amigos.

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