Cultura

concepcion-muñoz-llorca Por Concepcion Muñoz Llorca

16 de enero de 2013

El sentido de un final, Julian Barnes.

El sentido de un final, Julian Barnes.

Concepción Muñoz Llorca: "Libros como este hacen que no me canse nunca de leer"

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“Adaptamos nuestros recuerdos a aquello en lo que nos vamos convirtiendo”

 

 

El sentido de un finalLibros como este hacen que no me canse nunca de leer, y no porque la lucidez de Julian Barnes sea una novedad (Metrolandia, El loro de Flaubert y varias más), sino porque siendo un escritor auténtico como es, su estilo es el mismo;  pero no se limita a repetir fórmulas de éxito, y su capacidad creativa, su talento y, sobretodo, su lucidez me sorprenden siempre.

 

Barnes ha escrito una novela que comienza contándonos la historia de una pandilla de jóvenes de clase media que estudian en el mismo Instituto londinense a finales de los 60. Dividida en dos partes muy diferenciadas en el tiempo, en la primera, Anthony Webster, el personaje protagonista y narrador de la historia, nos cuenta sus andanzas con sus inseparables Alex y Colin. Son jóvenes y pretenciosos (“¿para qué  otra cosa sirve la juventud?” se pregunta Tony al evocar esos años); han leído a Wittgenstein, a Camus, a Nietzsche, a Baudelaire, a Dostoievski y continuamente aseguran con frivolidad: “esto es filosóficamente evidente”. Los sistemas políticos y sociales les parecen corruptos y sólo aceptan considerar la alternativa del “caos hedonista”. Hambrientos de libros y de sexo, creen firmemente que su comprensión de la vida es mucho más lúcida que la de “los mayores” y consideran a sus padres carentes de “material literario, meros espectadores de la vida”. Una Vida con mayúscula que en el fondo temen no sea como la literatura.

 

Hasta aquí, cualquiera que no se identifique con al menos algún parámetro de esta descripción es que no ha sido nunca joven. Pero entonces intervienen en la historia otros dos personajes: Adrian Finn, compañero de curso que se une al trío, o más bien el trío se une a él buscando su atención y su aprobación,  pues es el único capaz de empujarles a creer en la aplicación del pensamiento a la vida; y  una mujer, Verónica, la primera “novia” de Tony. En su recuerdo, Verónica es como otras chicas de su tiempo. “perfectamente conscientes de lo que ocurría dentro de tu pantalón, sin mencionarlo nunca. Y ahí acababa todo”. Al menos durante el tiempo que se tardaba en llegar a otros compromisos, cómo anillos de boda, etc. Hechos posteriores demostrarán que Verónica no era así, pero durante más de 40 años Tony preferirá recordar su propia versión. Al final de esta primera parte, un trágico incidente dará sentido al origen y al final de esta obra.

 

En la segunda parte, el mismo Tony, ya jubilado, recibe una sorprendente herencia que le lleva a iniciar una investigación sobre hechos sucedidos 40 años antes. Tony trata de adaptar sus recuerdos al hombre en que se ha convertido: un jubilado apacible,  divorciado amigablemente de Margaret, tras 15 años de matrimonio, padre de una hija inteligente con la que se lleva bien y abuelo de una nieta. No se considera un cobarde cómo vislumbró Verónica cuando le dejó, y cree que lo único que hizo fue ponerse a salvo. Tony ha logrado aceptar la historia oficial, “más o menos acordada”, y no le importa pertenecer a la categoría de los “ya no jóvenes”. Pero no logra ignorar la paradoja de que su historia personal, la que aconteció bajo sus propias narices, la que debía estar más clara, es la más confusa.   

 

A partir de aquí, la novela se convierte en un thriller lleno de suspense en el que Tony intenta obtener la verdad a través de sus recuerdos y ciertos  documentos que tanto el lector como él están ansiosos por leer, porque nos van acercando a la vida de Adrian y a lo que todos, especialmente Tony, dejaron de lado e hicieron lo posible por olvidar. Por ejemplo, el suicidio de Robson, un alumno del Instituto al que apenas conocían, en realidad “un gilipollas con el carisma de una zapatilla de deporte”, en palabras textuales de Veronica, y tras un largo análisis, llegaron a la conclusión de que se trataba de “una cuestión filosófica, la única cuestión auténtica. La fundamental”, pero que en todos los demás aspectos consideraron que les había dejado – a ellos y al raciocinio serio- en la estacada. También recuerda cómo después de su ruptura, Verónica se acostó con él; “cabrón egoísta”, le dijo, y el recuerdo se trasforma convirtiéndose en “después de que se acostara conmigo rompí con ella”. Sarah Ford, la madre de Verónica, le había advertido en su infeliz visita a la familia de su novia: “no dejes que Verónica se salga demasiado con la suya”, algo tan incomprensible como que, pasados 40 años, unos abogados le comuniquen que la Señora Ford le ha dejado en herencia 500 libras y un sobre con un manuscrito…que nunca llega a leer.

 

Pero no contaré más detalles; la novela premiada con el prestigioso Man Booker es un libro breve, 198 páginas, pero profundo, que trata sobre “las cosas que trata la literatura: el amor, el sexo, la moral, la amistad, la felicidad, el sufrimiento, la traición, el adulterio, el bien y el mal, los héroes y los villanos, la culpa y la inocencia, la ambición, el poder, la justicia, la revolución, la guerra, los padres y los hijos, las madres y las hijas, el individuo contra la sociedad, el éxito y el fracaso, el asesinato y el suicidio, la muerte, Dios. Y las lechuzas”.

 

No se puede pedir más.

 

El sentido de un final, Julian Barnes, Anagrama: 2012.

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