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Verónica en la calle

Verónica en la calle

En una de nuestras tertulias Elena Belmonte nos leyó el relato: “Verónica en la calle”. Elena forma parte de la tertulia desde hace varios años, donde nos aporta sus conocimientos y buen hacer.

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En una de nuestras tertulias Elena Belmonte nos leyó el relato: “Verónica en la calle”. Elena forma parte de la tertulia desde hace varios años, donde nos aporta sus conocimientos y buen hacer.

 

Nació en Alcázar de San Juan, pero toda su trayectoria literaria la ha desarrollado en Madrid. Es autora de los libros de relatos Que hablen las farolas (Libertarias, 1998) y Comamos algo (Gens, 2006), y de la novela La época del agua (Caballo de Troya, 2005). Como dramaturga ha creado tres monólogos teatrales: Ventanas, Años de agua y Un tipo responsable, publicados en 2002, 2006 y 2007, respectivamente, por la A.A.T. de Madrid y representados en el Festival de Otoño de Madrid y en el Maratón de Monólogos de la Casa Encendida de Madrid. También ha escrito tres obras de teatro: Los vanidosos, dirigida por Manuel Galiana y estrenada en el Teatro Victoria de Madrid en 2006, Clara sin burla, ganadora del Premio "Textos Teatrales Villa de Pinto 2007" y del Certamen Nacional de Teatro "José Baeza Clamares 2009", representada en el Teatro Lagrada de Madrid en 2008, y Baile de huesos, ganadora del Premio "Lázaro Carreter" en 2010, que se representó en el mismo teatro.

 

Ha obtenido varios premios de relato entre los que destacan el Café Madrid, (1996) y el Ateneo Cultura (1996). También ha sido finalista en el Alfonso VIII. En la actualidad imparte cursos de relato y de escritura dramática, y colabora en diversas revistas literarias.

 

Elena Belmonte

La escritora Verónica Belmonte

 

 

"Verónica en la calle"

 

Elena Belmonte

 

- Verónica no va a trabajar en el bar de su padre y yo no voy a ir a la universidad -le digo a Iris en la cocina, un sábado por la noche-, lo hemos prometido juntando los dedos. El año que viene, cuando se acabe agosto, nos vamos a ir con los feriantes, de pueblo en pueblo, vamos a vender los boletos de subir a la noria y vamos a estar oliendo siempre algodón de azúcar.

Mientras le hablo, Iris está poniendo un plato con sal en el estante de la alacena. Para los espíritus. Empina su culo cuadrado y dice que su tía, la que murió hace tres semanas, no puede marcharse, que da vueltas por las noches y no la deja dormir.

- Pobrecilla –dice-, tengo que ayudarla.

Creo que Iris no me ha oído lo que le he dicho, así que voy y se lo repito.

- Verónica y yo hemos prometido juntando los dedos que vamos a irnos …

Pero Iris también levanta un dedo.

- Ya –dice y ahora pone delante de mi un plato con arroz y cositas coloradas.

- ¿Qué es lo rojo? –le pregunto.

- Es pimiento –dice Iris y pone otro plato para ella el doble de lleno y se sienta resoplando- ¿os váis a ir solas?

- Si te vas con los feriantes, nunca estás sola –digo yo pensando en el ruido y la música de las tómbolas y las escopetas de tirar al blanco y los mazos de subir bolas hasta lo más alto y el pitido que suena cada vez que empieza una vuelta más en los coches de choque, en las risas y los gritos de los chicos, en el aceite de freír los churros, en el olor de las manzanas con caramelo.

Iris ha empezado a comerse el arroz sin tocar los trocitos de pimiento.

- Yo tampoco voy a comerme el pimiento –le anuncio.

- Yo sí –dice ella-, lo dejo para el final porque es lo que más me gusta. Si a ti no te gusta, cómetelo al principio. Las ferias son sucias –dice Iris-, a mi no me hace gracia mancharme los calcetines.

Me acuerdo entonces de una cosa que vi y  se la cuento.

- En la feria de este año vi a una mujer que salía de un carromato y llevaba un cacharro muy grande con agua y jabón, lo vertió en medio de la calle, al lado del circo y se fue para adentro como si nada.

Iris se ríe, se le ve el hueco de los dientes que le faltan y se le sale de la boca un grano de arroz.

- Además en las ferias siempre hace calor –le digo.

Iris ataca los trocitos de pimiento y otra vez creo que no me escucha.

- Te digo que esa señora vertió un cacharro con agua y jabón en medio de la calle y le dio igual.

Iris levanta su dedo como si fuera Dios en el libro de religión.

- Ya –dice-, ¿no vas a comerte el pimiento?

Y le digo que no y le acerco mi plato.

-  ¿A ti qué te parece lo de trabajar en una feria? –le pregunto.

- No sé –dice Iris atacando mi arroz y los trocitos colorados.

- Si quieres puedes venirte con nosotras. A Verónica no le importaría.

- No sé –repite Iris.

- ¿Por qué dices todo el tiempo no sé? Falta un año para que vuelva la feria, pero tienes que írtelo pensando.   

Estoy segura de que ahora ella no me escucha. Se ha levantando con los dos platos vacíos y está rebañando la cacerola en busca de más arroz, pero se vuelve y por su cara tan triste adivino que no ha sobrado nada. Espero. Ahora Iris va hacia la despensa, la oigo desenrollar platillas, está metiendo su cabezota gorda entre las tabletas de chocolate. Lo sé. Vuelve a aparecer y me pregunta:

- ¿Quieres?

Pero le digo que no con la cabeza. Sólo puedo pensar en dentro de un año, cuando nos vayamos con los feriantes. Me levanto y me subo al pollete de la ventana, miro hacia abajo. Ya es muy de noche, pero mi amiga Verónica sigue sentada en el borde de la acera igual que la dejé, su padre aún no ha vuelto del bar. Como yo, debe de estar pensando en los boletos que venderemos para la noria y en el olor del algodón de azúcar y en los cacharros con agua que tiraremos en medio de la calle porque nos da la gana. Iris se ha sentado a mi lado, abre la ventana y asoma medio cuerpo para afuera.

- Es Verónica –dice cuando la ve.

- Si te asomas así te vas a caer, Iris –le digo-, y si te caes no vas a poderte venir con nosotras.

- ¿A dónde? -pregunta ella.

No sé por qué quiero que Iris se venga con nosotras, si es un desastre y además es tonta, pero si algo va mal, ella estará en la cocina de nuestro carromato cuando volvamos por las noches, tendrá preparada la cena y si estamos un poco tristes porque algo va mal, nos preguntará si queremos chocolate, nos contará chistes y si Verónica y yo nos peleamos se meterá en la pelea para defenderme a mi.

- No tienes que pensarte nada –le digo-, te vendrás y ya está.

Pero entonces Iris niega con la cabeza. Siempre es igual, cada vez que yo decido algo se pone cabezota. Así que le hablaré claro.

- Tienes que venirte, quieras o no.

- ¿Por qué? –pregunta ella sin dejar de mirar hacia Verónica allá abajo.

- Porque somos pequeñas.

- Yo también soy pequeña –dice Iris. Ahora está juntando saliva en el borde de la boca y la escupe hacia la calle.

- Tú no eres pequeña –le digo-, sólo eres retrasada, pero eres cocinera y sabes llevar cuentas y comprar en el mercado, no sabes leer pero eres gorda y si alguien se mete con Verónica o conmigo puedes asustarle.

- Soy pequeña –insiste ella.

A veces Iris me pone de muy mal humor, así que voy y le recuerdo una cosa que a ella no le gusta.

- Un día me contaste un secreto, me dijiste que tenías cuarenta años o más.

Iris hace como que no me ha oído y se pone a cantar en voz baja, se inventa canciones con los nombres de todo el mundo, está cantando Verónica, Verónica, cara de cerradura. Y luego se calla de repente y las dos nos quedamos mirando desde arriba la nuca de mi amiga, tan pensativa.

- ¿Qué hace? –pregunta Iris.

- Nada. Espera a que su padre venga del bar y le prepare la cena. Tiene que venir desde muy lejos.

- Pobrecilla –dice Iris-, podemos darle arroz a Verónica.

- No queda –digo yo.

- Podemos decirle que suba. Es de noche –insiste ella .

- No puede ser –le digo.

Y entonces Iris recuerda al fin y dice:

- Ya.

Durante mucho tiempo seguimos mirando a Verónica ahí abajo en la calle, sentada en el borde de la acera. A veces ella juega con los dedos de las manos, como si se hubiese inventado un juego y sus dedos fueran personas que hablasen y otras veces se levanta y salta a la pata coja.

- ¿Y si le decimos que estamos en la ventana? –pregunta Iris.

- Ya lo sabe –le digo.

- ¿Y si pasa alguien por la calle y se la lleva?

- No creo –le contesto.

Iris se aleja de la ventana y va hasta el estante de la alacena. Después viene con el plato de sal que puso para que su tía, la que murió hace tres semanas, pueda marcharse. Coge con los dedos un montoncito de sal y lo deja caer a la calle apuntando a la cabeza de Verónica.

- Pobrecilla –dice-, tengo que ayudarla.

A veces Iris hace que me ponga de muy mal humor.

- Eres tonta –le digo-, si te crees que haces algo con eso. Pero si nos vamos a trabajar a la feria estaremos juntas siempre.

Pero Iris sólo ha escuchado lo de tonta y se enfada.

- Tú si que eres tonta si te has creído que me voy a ir contigo –me dice y se pone a hurgarse entre los dientes porque sabe que me da rabia.

- No te vengas, me da igual –le contesto y hago esfuerzos para no volverle a hablar nunca más.

Durante mucho rato sólo seguimos mirando la nuca de mi amiga Verónica. Un hombre con cara de lobo pasa por la calle y entonces Iris y yo dejamos de respirar.

- Lleva una pistola escondida–digo yo.

- Sí –dice Iris, pero vemos al hombre doblar la esquina y no pasa nada.

- ¿Qué hora es? –pregunta Iris.

- ¿Te vendrás? –pregunto yo.

- Si –dice ella y estamos a punto de sonreírnos pero no lo hacemos porque aún estamos un poco enfadadas.

Oigo a mi espalda cómo se abre la puerta de la cocina. También oigo el sonido de sus pulseras, el sonido de la tela de su vestido casi largo, de fiesta y hasta el ruido de su melena tan bien peinada. Oigo sus zapatos de tacón viniendo por detrás. Ella sí que está enfadada.

- Uno de estos días te voy a recordar para lo que estás aquí y luego te voy a poner en la puerta de la calle –le dice a Iris; porque a veces empieza por Iris y a veces empieza por mi.

- El padre de Verónica no ha venido todavía –dice Iris. Y mi madre le da un tortazo en su cara de idiota y suspira y dice entre dientes qué paciencia, qué paciencia.

Luego me coge del brazo como si me lo fuera a arrancar y me pregunta qué hago despierta a esas horas.

- Me voy a ir con los feriantes –le digo yo.

- Qué paciencia –repite mi madre.

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