Cultura

gonzalo-muñoz-barallobre Por Gonzalo Muñoz Barallobre

22 de enero de 2013

Sobre un extraño acontecimiento que vuelve extraños a los hombres

Sobre un extraño acontecimiento que vuelve extraños a los hombres

Gonzalo Muñoz Barallobre: "deberíamos empezar a temer que pronto nuestro perro intelectual nos morderá la mano"

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En mitad de La Gaya ciencia, habita un texto por el que es inevitable no pasar; me refiero a aquel que bajo el título de “El hombre loco”, anuncia la muerte, ni más ni menos, que de Dios. Una “buena nueva”, en palabras de Nietzsche, que no es otra cosa que la verbalización de un extraño acontecimiento que vuelve extraños a los hombres. Hablamos del nihilismo, de la perturbadora ausencia de un para qué.

 

Descartes¿Cuál es su origen? Las causas son múltiples, pero entre ellas hay unas más decisivas que otras, y si el principio de este drama tiene la firma de alguien, es la del pensador barroco René Descartes, ya que el concepto por el forjado de res extensa, guardaba dentro de sí tantas posibilidades como un peligro infinito: la realidad, al quedar definida como mera extensión, se torna materia pasiva, algo que el hombre puede manipular a su antojo, pero al mismo tiempo, el universo entero se convierte en un gran cadáver ajeno a la pregunta por el sentido. Pero Descartes lo supo ver, y no es baladí que Dios sea la piedra angular de su filosofía; y no, cómo muchos creen, por un simple interés metodológico, sino de forma sincera y confiada. Como prueba, basta recordar que cuando en estado de semivigilia recibió la intuición que le haría eterno –«Pienso, luego existo»-, consideró oportuno peregrinar a la virgen de Loreto para agradecer semejante regalo. Y no sólo lo consideró, lo hizo. Ahora bien, lo que Descartes inició, pronto perdió su tutela divina: el paso del tiempo alimentó el crecimiento de las ciencias y una visión positivista de lo real se impuso. Dios, quedó, completamente, fuera de juego. 

 

 

NietzscheAnte el nihilismo que Nietzsche enunció, sólo hay una reacción posible: generar una sabiduría de la inmanencia. Y eso es, precisamente, lo que La gaya ciencia guarda, una apuesta por recuperar el mundo del “más acá” al liberarlo de fantasmas metafísicos. Pero esa recuperación pasa por una creación de valores, una serie de puntos de referencia que guíen al hombre, es decir, que le entreguen un por qué. Pero cuidado, ya que tal vez, esta llamada al hombre creador de valores es el gesto más antropocéntrico que jamás hayamos realizado: el universo entero carece de sentido, el hombre sólo es, “polvillo de polvo”, pero, milagrosamente, en él late una voluntad titánica capaz de parir un sentido tanto para sí como para ese universo infinitamente vacío. Nuestra acusación se torna más clara, si recordamos ciertas palabras de Stirner: «yo no soy nada en el sentido de la vaciedad, sino la nada creadora, la nada de la cual yo mismo, en cuanto creador, creo todo» ¿Pero esto, no recuerda demasiado a aquella musiquita de la creación ex nihilo? Sin duda, ya que el hombre ha sido divinizado, y esa divinidad le ha dado las llaves tanto de sí como de todo el cosmos. Ya no hay límite, la hybris es nuestra estrella. Así, cuando azuzamos a los monoteísmos la acusación de antropocentrismo -una acusación, por otra parte bien fundada-, deberíamos empezar a temer que pronto nuestro perro intelectual nos morderá la mano.

 

 

DávilaHablamos de la respuesta nietzscheana al nihilismo, de ese “levántate y anda” que insta al hombre a que se convierta en generador de valores. Pero esta llamada, un canto que Nietzsche celebra con una alegría marcada por la ferocidad -véase su Zaratustra-, guarda dentro de sí dos riesgos. El primero, tiene que ver con una autoentrega que es necesaria para que el hombre puede generar esos valores: una libertad absoluta. Pues bien, el riesgo, el peligro de esa libertad, es aquello que lucidamente supieron ver los pensadores existencialistas: esa libertad ilimitada, se convierte en una fuente infinita de angustia. «El hombre está condenado a ser libre», cómo bien dirá Sartre, ya que cada acción supone demasiado: es un abismarse, un exceso desgarrador. El segundo peligro, tiene que ver con un fenómeno que bien merece nuestra atención: la inmanencia pronto ahoga, pronto nos regala una profunda sensación de claustrofobia. Y es que cuando Kant afirma en el Prólogo de su Crítica de la razón pura que en nosotros hay una tendencia natural a la Metafísica, sabe muy bien lo que dice. Así, no debemos tomar a la ligera la doble advertencia que nos lanza el filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila: «Todo es trivial si el universo no está comprometido en una aventura metafísica» y «En lugar de adquirir pulpa, espesor, substancia, la vida se decolora, se amengua, se empobrece, cuando no se cree en otra»

 

 

SombraPero en esto que practicamos, y que llamamos filosofía, la de la buena fe no vale como aval de nada, y nos queda poner en duda la tesis kantiana de que en nosotros habita una tendencia natural a la Metafísica, porque, ¿no tendrá esa tendencia, más bien, un origen cultural? Y esta duda no sólo es razonable, sino que es legítima, ya que si hurgamos en la Historia, encontramos la presencia de una cosmovisión alegremente instalada en la inmanencia -sí, una inmanencia divinizada, pero, al fin y al cabo, inmanencia. Hablamos de Grecia, del pensamiento que en ella latía antes de que Platón iniciara aquello que Nietzsche ha bautizado como “la historia de un error”. Pero el problema, es que cuando el aguijón de la Metafísica ha tocado nuestra piel, aunque ese aguijón sea un producto cultural, quedamos irremediablemente marcados: una vez que hemos pensado y creído en un “más allá”, éste ya no puede ser retirado por completo, porque aunque lo hagamos, la inmanencia no dejará de tener estatuto ontológico de sombra.

 

 

Así, el hombre de hoy, y aquí es a donde queríamos llegar, habita de manera irremediable una tensión que es irresoluble: ni con Dios ni sin Él.

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