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justosotelo Por Las tertulias de Justo Sotelo

16 de febrero de 2013

Las tertulias de Justo Sotelo: “Mis disparos en la cabeza”.

Las tertulias de Justo Sotelo: “Mis disparos en la cabeza”.

Hoy nos habla de la tertulia David Abad, uno de los más antiguos tertulianos, y además uno de mis mejores amigos. Es abogado y poeta.

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Hoy nos habla de la tertulia David Abad, uno de los más antiguos tertulianos, y además uno de mis mejores amigos. Es abogado y poeta. Ha dado recitales en diversos locales de Madrid y Aranjuez, ciudad en la que vive. Se me ha olvidado decir que escribe de maravilla.

 

A continuación va a relatar una graciosa anécdota, representativa de cómo era la tertulia hace años (llevo 20 años con ella, de un sitio para otro, de una universidad y un café a otro).

 

Al final del artículo se recoge una selección de su poesía.

 

 

David Abad

David Abad

 

Mis disparos en la cabeza

Por David Abad

 

En la clase de tertulia. Comienzos de los 2000, un día cualquiera fuera de las repeticiones  y de los profesores hoscos. Fuera de los libros a olvidar y de las jerarquías de tarima.

 

Justo nos dejaba hacer lo que quisiéramos siempre que no molestásemos a los vecinos. Nos habíamos confabulado unos pocos con V para que yo fuera un esquizofrénico. O lo que nosotros creíamos que era un esquizofrénico. El día tenía que ser propicio y ese era el día: pocos poetas y mucha gente gris, gente que buscaba un ligue original y muchos comentarios de texto y hojas caducas.

 

El rollo era que yo, en un momento de silencio, debía decir que escuchaba disparos en mi cabeza. La señal era el dedo índice de R levantado como para preguntar, con gesto serio y presuntamente interesado. El resto tenía que ser espontáneo, improvisado.

 

El momento llegó, tras una larga exposición sobre un libro de Paul Auster (creo que Leviatán), a la que los conspiradores no prestamos ninguna atención por aburrida e ininteligible. Justo, como siempre, nos regaló una sonrisa traviesa e irónica, y pasó la pelota al resto del grupo para que hiciera un comentario (Justo era más de escuchar opiniones que de dar la suya). Y fue cuando sucedió. R levantó el dedo índice y yo me levanté solemne y pegué un alarido que atravesó como un rayo toda la clase: “ Escucho disparos en mi cabeza, no puedo soportar esta guerra interior”. La chica que había expuesto se echó para atrás, y tiró sus folios al aire. “ Lo veis, mis disparos tiene efectos secundarios”. Justo, R y V sonreían de medio lado para que no les descubrieran. El resto de la clase estaba perplejo y no sabían si responderme o atarme. Y seguí: cogí las tizas y comencé a estamparlas contra la pizarra: “cuando me vienen los disparos sólo logro tranquilizarme si los proyecto en algo parecido a las balas”, y disparé las tizas hacia todos los presentes. Los más cercanos a la puerta se me escaparon, pero de una carrera pude llegar hasta ella para cerrarla, dejando dentro a la mayor parte de los tertulianos.

 

A esas alturas los demás me miraban como un potencial asesino en serie (todos menos Justo, V y R, que no sabían donde meterse), y algunos lo hicieron debajo de las mesas y otros se taparon con las carpetas o los papeles, y, poco a poco, me fui viniendo arriba. Cogí el borrador y lo arrojé contra la ventana; el cristal se rompió con estrépito. Después cerré las persianas. “No los oís? , no oís los disparos?” Podía oler el miedo de la gente, y fue cuando dije que la única manera de detener mi delirio era con un beso en los labios, como en los antiguos cuentos de hadas.

 

No esperaba que ninguna mujer me diera un beso en esa situación de pánico y desconcierto, pero a veces los mundos paralelos se manifiestan en la realidad, y entre los jadeos de terror y los planes de escapada surgieron unos labios que se rozaron con los míos. Y jamás supe quien fue la valiente, o la enamorada, que me dio ese beso en la oscuridad, mientras las balas me rondaban la cabeza.

 

SELECCIÓN DE POEMAS

Mi vida como poeta es bastante común, si no tiro del hilo de las palabras. Soy un trabajador gris, un ex marido anodino y un padre del montón. Sólo cuando me miro en el espejo del lenguaje puede surgir la magia, el drama o el vacío. Y es en ese instante cuando me cuento la verdad y os la cuento a vosotros sin importarme las consecuencias ni los escribas del que dirán. Esto lo suelo llevar en secreto (lo de escribir y lo de deshacerme de las consecuencias) y a menudo soy esa persona que está en la parada del autobús a la que nadie hace caso y parece que es invisible.... 

 

I

 

 

II

 

 

III

 

 

 


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