Cultura

diego-puicercús-bolado Por Diego Puicercús Bolado

23 de mayo de 2012

Las seis caras de Led Zeppelin

Las seis caras de Led Zeppelin

Anecdotario Part 6: "La importancia de una portada"

Ver todas las noticias de Cultura

Cuando en agosto de 1979 Led Zeppelin publicaron In Through The Out Door hacía tiempo que las cubiertas de los discos se utilizaban como un medio más de expresión artística. El primer diseño de una portada de la historia lo realizó Alex Steinweiss en 1940 partiendo de la idea de que algo tan bello como la música merecía un envoltorio más apropiado que las vulgares fundas negras o marrones que en ese momento se utilizaban. Con el paso de años los diseños fueron evolucionando, pero no fue hasta mediados de los 60 que empezaron a perder esa función inicial de ser un medio que hiciera más atractivo su contenido, para convertirse en un fin en sí mismo. Desde entonces, para muchos, conseguir una buena portada empezó a tener tanta importancia como que en su interior hubiese grandes canciones, haciendo del LP una obra de arte en todo su conjunto.

La elaboración de la portada del que sería el último álbum de estudio de los Zep fue encargada a la prestigiosa agencia Hipgnosis, con la que ya habían trabajado anteriormente y que poseía una merecida fama gracias sus trabajos para Pink Floyd, T. Rex, Wings, ELO, AC/DC, Genesis, Alan Parsons Project, Yes… Visto con perspectiva el resultado final, es evidente que en esta ocasión se superaron y lograron su mejor y más elaborado diseño, pero en su momento no les resulto fácil sacarlo adelante por lo arriesgado de la propuesta y sus elevados costes de producción.

La idea surgió de Jimmy Page que deseaba que en la cubierta apareciera el Old Absinthe Bar, un célebre local de Nueva Orleans en el que le gustaba perderse cuando andaba de visita por la ciudad y donde conoció a su mujer. El responsable del diseño fue Aubrey Powell y, dada la dificultad de trasladar todo su equipo a Estados Unidos, mandó construir en los estudios Shepperton de Londres una reproducción exacta del garito para así trabajar con más calma sobre las ideas que rondaban por la cabeza.

De las sesiones fotográficas se obtuvieron seis tomas distintas de la misma escena en la que un hombre, apoyado sobre la barra del bar, quema una carta mientras es observado por seis personajes distintos. Las imágenes representan el punto de vista de cada uno de los presentes y con ellas se confeccionaron las seis portadas alternativas que tendría el disco y que se pueden ver en el video de la parte inferior. A cada una de las carpetas se la añadió, tras el número de catálogo de la solapa, una letra entre la A y la F que correspondía a la panorámica de cada uno de los protagonistas:

-          A: Un cliente que, aparentemente, está entrando en ese momento en el bar.

-          B: Una chica apoyada en la pared al principio de la barra. Podría ser una prostituta.

-          C: El camarero que mira con cara de pocos amigos mientras seca un vaso con un trapo.

-          D: Una cantante negra sentada al fondo de la barra cerca del pianista.

-          E: El pianista que parece que está tocando.

-          F: Otra chica apoyada en la jukebox enfrente de la barra. También podría ser una prostituta.

El tono sepia de todas las fotografías contrastaba con una especie de pincelada que recorría al personaje principal y que permitía ver en color esa parte de la portada. Además el encarte interior, que representaba en blanco y negro un primer plano de la carta quemada sobre un cenicero, estaba tratado para que se colorease si se humedecía con una esponja o un poco se saliva. Desde su interior, con lo meramente musical, hasta su exterior, con esa una especie de juego interactivo de distintos puntos de vista y colores que aparecen y desaparecen, todos los elementos que componían el álbum buscaban el impacto global del comprador.

Pero faltaba aún la última jugada maestra. No sin esfuerzo, consiguieron convencer a la compañía para que vendiera los discos metidos dentro de una bolsa de papel estraza, como el que se usa en las tiendas norteamericanas, de tal manera que al adquirir el LP nadie supiera cual era la portada que se llevaba a casa (aunque el número de catálogo con su letra correspondiente sí que se veía). Al final, en cualquier caso, les tocó hacer una pequeña concesión y en el envoltorio exterior apareció el nombre del grupo, el título de las canciones y el disco.

Ni que decir tiene que el éxito de In Through The Out Door a ambos lados del Atlántico fue total, demostrando que ese momento un disco de Led Zeppelin se podía vender a pesar de estar tapado. Aunque ellos no lo sabían todavía, aquel sería su último disco en estudio y su despedida, como casi todo lo que los rodeó, a lo grande, con una de las maniobras de mercadotecnia discográfica más espectaculares jamás ideada. Después de 33 años siguen siendo legión los coleccionistas que buscan la seis portadas alternativas y muestra a las claras por qué un formato como el vinilo aún sobrevive y otro como el CD está condenado a desaparecer. Es, simplemente, cuestión de arte…

Publicidad

Publicidad