Cultura

daniel-maría Por Daniel María

18 de noviembre de 2012

Patti Smith: Cantar la gloria

Patti Smith: Cantar la gloria

Daniel María nos ofrece una visión única sobre una artista irrepetible a su paso por Bilbao

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Bilbao tiene algo de París. Lo había olvidado. Le debo a esta ciudad una estancia tranquila, siempre estoy de paso por ella, algo así como un hasta pronto que se eterniza. Patti Smith me trae a Bilbao. Ofrece un concierto en el atrio del Museo Guggenheim, cuya presencia, al entrar en la ciudad, me sigue pareciendo hermosa.

 

El vuelo sufrió un retraso de dos horas y temo que otros seguidores ocupen las primeras filas en la cola, pero, al llegar al Museo, encuentro que nadie espera. Los últimos visitantes del día y el personal del Guggenheim son los únicos presentes allí. Pregunto en información y me recomiendan que tome asiento, pues la primera fila la tengo garantizada. Una pareja de mujeres se acerca a mí y una de ellas me pregunta: ¿También te ha tocado? Me explica que ha resultado ganadora de un sorteo para los amigos del Museo y el premio consiste en asistir a la prueba de sonido de Patti. Le ruego que me haga pasar por su nieto, su hijo, su amante… lo que prefiera, pero que me permita ser su acompañante. Sin embargo, su acompañante resultaba ser la otra señora. Una encargada del Museo las recibe, le pregunto si puedo pasar, luego le ruego, le suplico, sumo las horas de espera que he sufrido hasta llegar a Bilbao (un total de siete horas desde que salí de casa) y, finalmente, no se apiada de mí. Solo acierto decirle que a veces hay que ser un poco menos profesional para lograr ser un poco más humana. La frase la impresiona, pero persiste en su decisión. No abandono la entrada al acceso y habito los 8ºC del exterior con la dignidad de ser el primero.

 

Aparecen otros asistentes. Me uno a un grupo que forman dos parejas. Una de ellas, bilbaínos: Leire y Axi. Él tiene un parecido asombroso con Joey Ramone, lo que origina mi espontánea admiración. Tras contarle el parecido razonable ya soy invitado a unos petas y unas botellas de cerveza Keler (marca local) que me hicieron entrar en calor. La otra pareja es un matrimonio navarro: Tere y Jesús Mary, quienes iban a disfrutar de Patti en directo por quinta vez.

 

Se abren las puertas, apuro el último tiro y abandono el filtro en la alcantarilla, entramos (yo a la cabeza) y nos situamos en primerísima fila. Los codos apoyados en la tarima, las mochilas en el suelo, esperar es soñar el porvenir porque el espacio, tan pequeño y cercano, sugiere un recital íntimo, casi al oído. Patti sube al escenario. Rompemos a aplaudir y se encharca mi visión. No evito el llanto. Camiseta básica amarilla, chaleco negro abotonado en la parte superior, americana, vaqueros y unas botas planas y doradas. Los ojos pequeños tras la melena enmarañada y el rostro limpio y brillante. Es ella.

 

Saluda. Le emociona regresar al Museo y participar en la celebración de su 15 aniversario. Presenta Banga, su último disco. Y a canción y media escupe por primera vez, como marcando el territorio. Su poesía reside también ahí, en el salivazo, en la agitación de sus manos, en la danza de sus brazos, que adoptan en cada canción una postura de semblanza que parece articular una oración.

 

Con su versión de "After the Gold Rush" de Neil Young (contenida en su último trabajo) alcanza el éxtasis. La ovación se extiende hasta el comienzo de la siguiente canción. Tanto, que los músicos interrumpen un instante para no aplacar los aplausos. Patti se hace acompañar del guitarrista Lenny Kaye, fiel desde sus inicios, y del bajista Tony Shanahan, quien tomó el piano en contadas ocasiones, por ejemplo, para "Because the Night", el himno de quienes alineamos nuestros destinos para compartir esa noche que nos pertenece.

 

Cuando uno prepara un viaje así fabula con que se produzca el momento especial. Conocerla, saludarla, lograr que autografíe el ejemplar de sus memorias que llevo en la mochila, pero nada de eso ocurrió. En esencia, pasó algo único: breve, pero intenso. Al interpretar "Gloria" (su versión del tema de Van Morrison recogido en el mítico Horses) Patti se acercó al borde del escenario. Se plantó frente a mí como un santuario y, en el instante de corear el estribillo, alcanzó el micrófono a mi boca para que yo lo gritara. Miré sus ojos, directos, luminarios, y voceé la gloria que ella esperaba. La gloria de estar vivo, de sobrevivir al desastre actual, la gloria de ser joven y no tener miedo. A nadie más ofreció la oportunidad. Esa es mi medalla. Ese fue su regalo. El instante que ha sumado latidos a mi pecho para la posteridad.

 

Sus últimas palabras fueron para la Huelga General del día siguiente. "Mañana es el día en que la gente hablará, porque la gente tiene el poder", dijo. Y cerró el concierto con "People Have the Power". Luego me dirigí al regidor para agotar otra posibilidad, pero me despachó con un simpático: "Patti ya está durmiendo". Di un rodeo al Guggenheim, el frío apretaba y me fui a la pensión.

 

Por la mañana encuentro en el aeropuerto a una pareja, madre e hija, que recordé haber visto durante la espera de ayer en Tenerife. También estuvieron en el concierto, pero no coincidimos. Lola, la madre, comenta que no solo es Patti quien actuó, pues con ella está presente Nueva York, los años setenta, el CBGB, Ramones, el Hotel Chelsea, Burroughs, todo el movimiento. Su hija, Nayra, asiente y añade emocionada que aun está digiriendo la experiencia, mientras guarda una tablet enfundada en una reproducción de The Velvet Underground & Nico diseñada por Warhol.

 

Camino de casa, por los carriles del cielo, sobre la bandeja desplegada, escribo lo relatado y me siento bendecido por un ángel que lee a Rimbaud. Eso tiene cantar la gloria.

 

 

P.D.: El inmediato universo de internet contiene ya un vídeo con la actuación en la que Patti Smith compartió su micrófono conmigo. Es el minuto 8:56. 

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